Incendios más frecuentes y severos ponen en riesgo la recuperación de los bosques de la Patagonia norte argentina
"En una Patagonia donde el fuego ya no es un evento excepcional sino un componente cada vez más frecuente del paisaje, la pregunta no es si habrá nuevos incendios, sino qué tipo de bosque —o qué nuevo ecosistema— quedará después de ellos".
Los incendios forestales en la Patagonia norte de Argentina podrían volverse cada vez más frecuentes en las próximas décadas. En lo que va de 2026, los focos de gran magnitud en los bosques andino-patagónicos superan las 77 mil hectáreas, de acuerdo con datos de Greenpeace. El fuego alcanzó amplias zonas del Parque Nacional Los Alerces, un área protegida que alberga árboles milenarios, algunos con una antigüedad de hasta 3000 años.
Estos ecosistemas únicos, considerados verdaderos archivos vivientes del clima y la biodiversidad, se enfrentan a una amenaza creciente ante el aumento de la frecuencia e intensidad de los incendios. Es por eso que los expertos cada vez más se interesan en conocer, una vez pasado el fuego, ¿de qué manera será posible recuperar los bosques afectados?
“El ecosistema más afectado en el norte de Patagonia son los bosques de coihue, ya que se queman todas las otras especies que están dentro del bosque, vegetales y también animales”, explica Mario Pastorino, ingeniero forestal del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (INTA-Conicet).
Las previsiones científicas refuerzan esa preocupación. El ecólogo Thomas Kitzberger del Conicet, coautor del estudio Fire in Temperate Forests and Shrublands, proyecta que bajo escenarios intermedios de emisiones de gases de efecto invernadero, la probabilidad de incendios podría incrementar hacia finales del siglo XXI. A esto se suma un fenómeno inédito en la región: “El área quemada por rayos fue mayor al área quemada por causas de igniciones humanas”, agrega el experto. Antes, las tormentas eléctricas no eran frecuentes en esta región.
Incendio en Cerro Otto, provincia de Rio Negro, Patagonia norte de Argentina. Foto: cortesía Juan Paritsis
Pero la vulnerabilidad no es uniforme. Algunas de las especies que estructuran el bosque andino-patagónico enfrentan mayor riesgo que otras. “De todas las especies, la lenga es la que tiene todas las de perder. Y eso porque el cambio climático crea condiciones que no benefician su establecimiento, que se da por semillas”, explica Melisa Blackhall, investigadora de la Universidad Nacional del Comahue y especializada en ecología del fuego.
En especies como la lenga (Nothofagus pumilio), el coihue (Nothofagus dombeyi) o el ciprés (Austrocedrus chilensis), la regeneración depende de que las semillas lleguen desde árboles semilleros que hayan sobrevivido al incendio, germinen y logren establecerse. Pero esas semillas no toleran el fuego y su dispersión es limitada, lo que vuelve más frágil la recuperación del bosque después de incendios extensos.
“Son especies que se producen únicamente por semillas que tienen que llegar al lugar, germinar y establecerse para poder crecer. Esas semillas tienen que llegar de árboles semilleros que no se hayan quemado”, aclara Blackhall. A diferencia de las especies rebrotantes —que pueden regenerarse desde tejidos vivos tras el incendio— las especies que se reproducen por semillas dependen de un proceso más frágil y condicionado para volver a instalarse en el bosque.
Cambió el fuego: más frecuencia, más severidad y más sequía
El cambio en el comportamiento del fuego no es solo una percepción reciente sino una transformación documentada en series de largo plazo. Durante las décadas de 1970 y 1980 —relativamente más húmedas y frescas— los incendios en la Patagonia andina eran, en general, más acotados y manejables. “Si antes teníamos, por ejemplo, cada año menos de mil hectáreas incendiadas, ahora entramos en una nueva normalidad, que es decenas de miles de hectáreas quemadas por año”, señala Balckhall. Al analizar las estadísticas de las últimas cinco décadas, “lo que vemos es una tendencia creciente en el área quemada anual”, agrega Kitzberger.
El fenómeno también puede leerse en distintas escalas. Desde la ecología del fuego, Melisa Blackhall explica: “Uno puede, desde la ecología del fuego, estudiar a escala de paisaje, comunidad y también especies de plantas, y todo en su conjunto nos permite interpretar y sacar conclusiones acerca de qué comunidades se queman más, son más propensas a hacerlo, o cuáles pueden beneficiarse o salir perjudicadas ante un cambio en el régimen de incendios”.
Durante más de dos décadas, Blackhall y su equipo analizaron cómo arde la vegetación patagónica, desde lo microscópico hasta el paisaje completo, desde el tejido de una hoja hasta el comportamiento del bosque que cubre las laderas cordilleranas. Esa mirada le permite definir con precisión un concepto central: “La inflamabilidad es la facilidad con que una planta o una parte de ella entra en ignición y produce llama. Y cómo esa llama se mantiene o cuánto tarda en combustionarse”.
Uno de sus estudios evaluó 30 especies de arbustos y árboles del norte patagónico para medir ese comportamiento. “Es una escala a nivel de especie o de partes de plantas, pero después puede escalarse y, con las limitaciones correspondientes, hacer inferencias acerca del comportamiento del fuego y del régimen”, explica Blackhall desde Bariloche.
Equipo del INIBIOMA Conicet de la Universidad Nacional del Comahue en Bariloche, Argentina, estudia la regeneración de las especies capaces de rebrotar luego de un incendio. Foto: cortesía Melisa Blackhall, investigadora en INIBIOMA Conicet
Esa información a escala fina permite entender qué ocurre cuando el fuego entra en un bosque de lenga o en un bosque de coihue. “Lo que en general se quema de una planta viva, a diferencia de lo que uno cree, no son los troncos, sino las hojas. Cuando pasa un incendio, lo que primero combustiona son las hojas verdes que tienen volátiles y diversas sustancias que combustionan con el calor”. En un verano seco, con déficit hídrico acumulado, los combustibles finos —hojarasca, ramas delgadas, hojas verdes y material muerto— se desecan con rapidez y facilitan el avance del fuego: primero arde lo liviano, lo expuesto; luego el calor acumulado termina afectando la estructura completa del bosque.
En los bosques de lenga, el problema no es solo que ardan las hojas, sino que la corteza es delgada y ofrece poca protección térmica. Como advierte Kitzberger, “si pasa un fuego, aunque pase bastante frío [tenue], a la lenga la mata”. En el caso del coihue, la situación es intermedia: tiene cortezas algo más gruesas y cierta capacidad de resistir, pero “si a un bosque de coihue se le mete fuego frecuentemente, se va a transformar en definitiva en un matorral”. En otras palabras, lo que comienza con la quema de una hoja, puede terminar en una transformación estructural del paisaje.
El cambio en el régimen del fuego sugiere que este escenario podría intensificarse. No se trata solo de una proyección climática ni de un ejercicio de modelación: las cifras recientes muestran que el fenómeno ya tiene una expresión concreta. En 2025 se quemaron 437.294 hectáreas en todo el país, un 40 % más que en 2024, aunque por debajo de los picos registrados en 2022 y 2023. Más que una simple variabilidad interanual, los datos indican una recurrencia creciente de eventos de gran magnitud.
En ese contexto, la pregunta deja de ser cuánto arde el bosque, y pasa a ser: ¿qué ecosistemas están en condiciones de soportarlo y regenerarse?
Ecosistemas al límite
Los bosques de lenga afectados durante el verano de 2026 en la provincia de Chubut exponen una vulnerabilidad que se intensifica cada vez más bajo escenarios de mayor severidad y recurrencia del fuego. Y no se trata de una advertencia abstracta.
En 2023, tras analizar el incendio que impactó el Parque Nahuel Huapi, en la provincia de Río Negro, el biólogo Juan Paritsis, investigador del Conicet y especializado en ecología de bosques, junto al ecólogo Thomas Kitzberger, advirtieron en un estudio que el cambio en el régimen del fuego puede alterar la persistencia de estos bosques. “Cada especie de árbol del bosque andino patagónico tiene la capacidad de tolerar una determinada frecuencia de fuego”, explica Paritsis. Pero cuando ese umbral se supera, “esa especie no tiene la capacidad de crecer y de reproducirse”.
En el caso de la lenga, dominante en amplias zonas de la Cordillera de los Andes, esa fragilidad es evidente. Además, tanto la lenga como el coihue sólo se reproducen a través de semillas: “No tienen otro método para restablecerse, solo pueden hacerlo mediante semilla”, señala Paritsis. En incendios severos y extensos, la mortalidad puede eliminar las fuentes semilleras necesarias para que se dé esa recuperación.
Según el Informe de la Región Forestal Bosque Andino Patagónico – Segunda revisión, el bosque nativo andino-patagónico tiene 3.240.996 hectáreas y la lenga ocupa el 49 % de esa área, lo que la convierte en el árbol más extendido de la región. Si el establecimiento por semillas se interrumpe por incendios repetitivos, el bosque puede ser reemplazado por matorrales más inflamables o por especies exóticas, como los pinos, que ya están presentes en la región. “Si la trayectoria de las proyecciones climáticas continúa, yo creo que sí se van a pasar umbrales en donde, por ejemplo, los bosques de lenga en la región no podrán recuperarse luego de un incendio”, agrega Blackhall.
La recolonización de esta especie, además, es lenta y espacialmente limitada: las semillas se dispersan a distancias cortas. Cuando el incendio arrasa extensiones continuas, el bosque solo puede avanzar desde bordes sobrevivientes y bajo condiciones climáticas favorables. En la lenga, indican los investigadores, son necesarias primaveras húmedas para evitar la desecación de las plántulas. La orientación también es decisiva: en laderas del norte, más secas y soleadas, la regeneración es mínima; en orientaciones hacia el sur, más húmedas y frescas, encuentra mayores posibilidades de sobrevivir.
Árboles de coihue en el Parque Nacional Los Alerces, provincia de Rio Negro, Patagonia norte de Argentina. Foto: cortesía Juan Paritsis
El coihue también preocupa, “pero su corteza es un poco más gruesa y tiene mayor capacidad de regenerarse luego del fuego”, explica Paritsis.
En el caso del alerce (Fitzroya cupressoides), la corteza gruesa de los individuos adultos y su ubicación en bosques más húmedos aportan cierta resistencia frente a los incendios, afirma Paritsis. Pero incluso estos bosques dependen de que la frecuencia y severidad del fuego no supere ciertos umbrales. La severidad se refiere al impacto del incendio sobre la vegetación —por ejemplo, el grado de daño o mortalidad de los árboles— y suele aumentar bajo condiciones de baja humedad y altas temperaturas.
El trasfondo climático agrava el escenario. El incremento del peligro de los incendios está impulsado principalmente por el aumento de la temperatura y la mayor sequedad de biomasa. Cuando el fuego se repite antes de que los árboles alcancen la madurez reproductiva, el ecosistema cambia.
“Muchas de las especies nativas nuestras no tienen la capacidad de persistir en el paisaje con estas nuevas frecuencias de fuego. En términos generales, estos bosques húmedos con una frecuencia de más de un incendio cada 100-150 años podrían verse comprometidos”, advierte Paritsis y agrega que otras variables, inclusive con fuegos menos frecuentes, pueden comprometerlos. En ese escenario, “los grandes ganadores bajo cambio climático y aumento de incendios son los pinos y los matorrales”.
En una región donde la lenga representa casi la mitad de la superficie del Bosque Andino Patagónico, la alteración del régimen de fuego no implica solo pérdidas puntuales, sino la posible reconfiguración del sistema forestal más extendido de la Patagonia norte argentina.
Los ganadores del régimen de incendios
Si especies como la lenga, el coihue y el alerce quedan en gran riesgo, otras como pinos y diversos matorrales encuentran condiciones favorables. El fenómeno tiene un ejemplo concreto en Puerto Patriada, en el noroeste de la provincia de Chubut.
“Nuestros ecosistemas en la Patagonia están adaptados a una situación de fuego de baja recurrencia, o sea, fuegos que ocurren en forma natural cada muchas décadas. No están adaptados a la recurrencia actual”, explica el ingeniero forestal Mario Pastorino, investigador del INTA y del Conicet y miembro de la Red Pinos, una iniciativa colaborativa que gestiona, mapea y controla la invasión de pinos exóticos. Desde 1987 —año del primer incendio registrado en ese sitio— este es el cuarto evento en la misma área.
Allí ardió el bosque nativo y ejemplares de pino radiata, una especie invasora en la Patagonia argentina, introducida con fines forestales. Posee piñas serotinas: estructuras que permanecen cerradas durante años y se abren con el calor del incendio. “El calor abre las piñas, se liberan las semillas y esas semillas quedan sembradas para después del incendio. Eso es lo que pasó acá con estos pinos”, señala Pastorino.
Tras el fuego de 1987, “empezaron a germinar pinos con densidades altísimas, millones de plantas de pino”, asegura el científico. El bosque original se transformó en un pinar altamente inflamable y el ciclo se repitió: “Se vuelve a quemar todo el pinar y vuelven a germinar todas las semillas de pino”, agrega. Si no se interviene en los primeros años, cuando las plantas aún son pequeñas, el control se vuelve complejo y costoso, y el bosque nativo pierde la posibilidad de recuperar su estructura original.
La gestión del fuego es un asunto crucial
El caso de los pinos muestra que la dinámica del fuego no solo elimina bosques: también redefine qué especies quedan en pie y cuáles ocupan el espacio que deja el incendio. Ahora la discusión deja de ser únicamente ecológica y se vuelve también política y social: ¿qué se puede hacer y qué no frente a incendios cada vez más frecuentes y severos?
Para los especialistas, no todos los ambientes responden igual y no todas las soluciones son universales. En algunos de los sitios más húmedos, con árboles semilleros cercanos y menor recurrencia del fuego, puede funcionar lo que denominan restauración pasiva: reducir presiones adicionales — como el pastoreo — y permitir que el bosque se recupere de manera natural. En áreas más secas o donde el fuego eliminó los árboles semilleros, la restauración activa se vuelve necesaria: intervenir, plantar y seleccionar cuidadosamente el material genético adecuado para cada sitio.
Pero las acciones no deben ser sólo reactivas, como apagar incendios una vez que estos se generan y se expanden. Es importante enfocarse en medidas preventivas, por ejemplo, políticas de manejo de combustibles en zonas urbanas-rurales (áreas de transición que mezclan características del campo y la ciudad), reducción de biomasa inflamable y planificación territorial.
Científicos estudian la regeneración de las especies capaces de rebrotar luego de un incendio. Foto: cortesía Melisa Blackhall, investigadora en INIBIOMA Conicet
Sin embargo, tener bajo control todas estas variables no es fácil. “El clima lamentablemente se nos escapa. Como humanidad somos responsables, pero no podemos modificarlo desde acá”, señala el especialista.
Frente a ese escenario, la gestión del riesgo se concentra en dos frentes: reducir los fuegos y manejar la vegetación para disminuir la carga de combustible. La detección temprana y el ataque rápido pueden evitar que muchos focos se expandan. Pero incluso así, advierte, “siempre va a haber igniciones que generen incendios de gran magnitud”.
En una Patagonia donde el fuego ya no es un evento excepcional sino un componente cada vez más frecuente del paisaje, la pregunta no es si habrá nuevos incendios, sino qué tipo de bosque —o qué nuevo ecosistema— quedará después de ellos.
Fuente: Mongabay