Irán: carta abierta y urgente contra los falsos binarismos
La activista estudiantil de izquierda y opositora al régimen de la República Islámica, Leila Hosseinzadeh, que fue detenida cuatro veces y condenada a 12 años de prisión. Hoy escribe desde Alemania esta carta abierta donde da cuenta del cercamiento del pueblo iraní entre fuerzas que aparentan ser opuestas y explica de dónde surgen las actuales protestas, a pesar de su desesperanza respecto al futuro.
Probablemente este escrito debía ser un texto analítico sobre los acontecimientos actuales en Irán. Pero no sé cómo sofocar bajo las cenizas la llama que me incendia por dentro y empezar a escribir con la cabeza fría.
Mientras escribo, me llega un testimonio de una fuente confiable desde Irán: “Fuerzas de seguridad de la República Islámica llamaron a la familia de uno de los manifestantes detenidos y les dijeron que fueran a recoger a su hijo. El padre acudió al lugar indicado y encontró a su hijo tirado en el suelo, bañado en sangre pero aún con vida. Frente al padre, el agente de seguridad le dio el tiro de gracia al hijo y dijo: "Ahora pueden llevárselo". Cuando escuché este relato, al principio no lo creí. Me dije que era una exageración, una construcción narrativa. Luego pensé: ¿qué mente perversa podría imaginar una escena así? No, esta imagen no puede ser simplemente una mentira; incluso si fuera inventada, se necesitaría una mentalidad fascista para concebirla. Y quien me la narró no es ni mentiroso ni fascista.
En Irán se ha cometido un crimen contra la humanidad. Los Estados, a escala global, intentan normalizar este crimen en función de sus propios intereses y bajo el pretexto de preservar la estabilidad regional. El 14 de enero, Donald Trump declaró que “los manifestantes estaban armados y disparaban contra las fuerzas de seguridad del Estado, y por eso fueron asesinados”. Es decir, una fuerza supuestamente opositora al régimen de la República Islámica justificó de manera abierta la masacre cometida por ese mismo régimen.
La realidad es que nosotros, el pueblo de Irán, estamos completamente cercados por fuerzas que aparentan ser opuestas, pero que en los hechos actúan de manera alineada. Mientras una parte de las fuerzas progresistas a nivel global reconoce a la República Islámica como un elemento de resistencia frente al imperialismo y a Israel, este régimen aplica contra el pueblo iraní —en los niveles más altos— la misma lógica de ocupación y apartheid que practica Israel. Al mismo tiempo, la economía política del régimen sigue plenamente las directrices del Banco Mundial.
Por otro lado, una parte del pueblo iraní, en su deseo de liberarse del régimen de la República Islámica, ha depositado sus esperanzas en una oposición de derecha dependiente —articulada en torno al hijo del antiguo sha de Irán— y en las intervenciones extranjeras. Esta oposición, en lo político, reproduce la dictadura; en lo ideológico, reproduce el fascismo; y en lo económico, promueve la continuidad de la liberalización de precios y las políticas neoliberales. Asimismo, países como Estados Unidos, pese a sus aparentes tensiones, consideran en última instancia que la existencia de la República Islámica sirve más a sus intereses que su desaparición.
Estamos atrapados entre falsos binarismos cuyos dos polos son reaccionarios, saqueadores y represivos. En medio de ello, el pueblo iraní atraviesa una masacre amplia y sin precedentes que convierte a todos los habitantes vivos de un territorio en “sobrevivientes”.
Este atrapamiento no es algo de hoy o de ayer. Durante años, la República Islámica e Israel se han sostenido mutuamente a través de la expresión de su enemistad, justificando su propia existencia y su aparato represivo. La lógica de ambos Estados en la construcción nacional religiosa, en la ocupación y en la brutalidad sistemática contra los “otros” es muy similar. Esto es algo que ni las fuerzas progresistas globales ven, ni una parte del pueblo iraní, que está agotado y desesperado.
Hermanas queridas, nuestra tarea feminista es desenmascarar la dominación más allá de los binarismos que la realpolitik y la geopolítica intentan imponernos. Desde esta convicción, hoy les digo con urgencia: llevamos años atrapados entre dos fuerzas de dominación, entre dos grupos criminales, sin poder abrir una grieta para vincularnos con fuerzas populares progresistas en otras partes del mundo. Lo que yo vi dentro de Irán hasta hace apenas unos meses no coincide con las imágenes binarias que los medios construyen sobre Irán: imágenes que intentan presentar a un lado del conflicto —el régimen de la República Islámica— como completamente separado y enfrentado al imperialismo occidental, y al otro —los manifestantes y la oposición— como aliados y defensores de esas superpotencias.
Hace apenas unos meses, durante la guerra de doce días, la mayoría del pueblo iraní demostró que su memoria histórica sobre las consecuencias de las intervenciones extranjeras no ha sido borrada. A pesar de los llamados constantes de Israel y de la oposición de derecha a salir a las calles mientras se producían los bombardeos, la gente permaneció en sus casas.
Este pueblo —que incluye a los sectores más oprimidos: trabajadores, mujeres, la comunidad LGBTIQ+, minorías religiosas, pueblos oprimidos y habitantes de las periferias surgidas de las crisis del agua, la vivienda y el empleo— ha salido a las calles durante los últimos ocho años con las manos vacías y en ausencia de una organización amplia, producto de la represión. Ha planteado las demandas más progresistas y ha avanzado, paso a paso, por delante de cualquier oposición o fuerza dirigente, ampliando sus tácticas de protesta. En estos ocho años de un proceso continuo de levantamiento, las mujeres iraníes han luchado de manera tan valiente, cotidiana y extendida contra el velo obligatorio —sin que el régimen retroceda jurídicamente— que han vuelto ineficaz su represión. El florecimiento de estos avances se expresó en el lema progresista de las protestas de 2022: Mujer, vida, libertad.
Lamentablemente, las fuerzas sociales oprimidas, aun cuando vivieron un auge sin precedentes en las protestas de 2022 —tanto en la amplitud de la participación como en la duración y la diversidad de las tácticas—, no lograron, en ausencia de una organización más amplia, obligar de manera efectiva al régimen a retroceder en el plano político. Tras el declive de las protestas de 2022, el espacio político iraní llegó a un “callejón sin salida” desde ambos lados: un régimen que solo podía sostenerse mediante la represión y la dominación, y un pueblo que no podía tolerar el estado de cosas, pero tampoco podía transformarlo.
La oposición de derecha iraní, que posee un enorme monopolio mediático y financiero, en una traición abierta al pueblo, en lugar de analizar las protestas, comprender y representar sus fortalezas y debilidades y ayudar a potenciar las primeras y corregir las segundas, bombardeó a la población con la propaganda de una alternativa reaccionaria. Sin embargo, tras las protestas de 2022, el pueblo salió a las calles con mayor dificultad que en años anteriores, porque había comprendido colectivamente que para vencer se necesitaban muchas más cosas.
Por su parte, el régimen de la República Islámica aplicó plenamente políticas de shock: liberalizó los precios de bienes esenciales como los medicamentos, elevó el precio del combustible y, mediante la gestión del tipo de cambio y la devaluación del rial (moneda iraní), intentó robar del bolsillo vacío del pueblo para cubrir su déficit presupuestario. Durante todos estos años, las sanciones económicas de las superpotencias solo golpearon a las clases bajas, intensificaron la desigualdad social y propiciaron la formación de todo tipo de mafias dentro del régimen —bajo el pretexto de eludir las sanciones— que robaron millones de dólares de los ingresos del pueblo iraní, hasta el punto de que las noticias sobre grandes desfalcos se volvieron parte de la rutina informativa diaria. Al mismo tiempo, para garantizar las ganancias de la clase dominante, el régimen iraní ha aplicado procesos de acumulación por desposesión y mecanismos no capitalistas de acumulación contra pueblos no persas y no chiíes, que incluyen militarización y saqueo masivo y extralegal contra estos sectores.
En este contexto, y con la intensificación de estas políticas, surgieron las actuales protestas del pueblo iraní, a pesar de su desesperanza respecto al futuro. Debido a la represión de las fuerzas progresistas —ya de por sí debilitadas y fragmentadas—, desde el inicio la oposición de derecha secuestró las protestas y logró hacerse oír en una parte del cuerpo social desesperado y sin esperanza, mientras que las fuerzas sociales progresistas, desde las feministas hasta los pueblos oprimidos, participaron con mayor cautela y prudencia. El hijo del último sha, más que asumir el papel de una alternativa reaccionaria, apareció como una figura divisiva y controladora de las protestas. Por otro lado, con el anuncio del apoyo de Trump a los manifestantes, el régimen iraní encontró el pretexto perfecto para masacrarnos bajo la acusación de intervención extranjera.
Hoy, a más de una semana del corte total de internet en Irán, aún no hemos podido confirmar plenamente que nuestras compañeras y compañeros sigan con vida, el régimen ha declarado el estado de sitio en distintas partes del país; ha desplegado vehículos blindados y tanques en cada plaza y busca consolidar un régimen del terror. El imperialismo global persigue un reequilibrio de fuerzas a su favor, ya sea mediante un acuerdo con la actual clase dominante o con otra alternativa reaccionaria, mientras nuestro pueblo ni siquiera tiene acceso a internet para hacer oír su voz.
Hermanas, compañeras y compañeros: extendemos nuestras manos hacia ustedes para pedir ayuda, porque sabemos que no tenemos aliados ni apoyo más allá de quienes comparten nuestro destino en todo el mundo. Si no pueden brindar una ayuda práctica, les pedimos al menos que se enfrenten al discurso que presenta al régimen criminal, misógino y neoliberal de la República Islámica como una fuerza de resistencia frente al imperialismo.
* Leila Hosseinzadeh es una activista estudiantil de izquierda y opositora al régimen de la República Islámica de Irán. En los últimos 8 años fue detenida en cuatro ocasiones, tuvo siete causas judiciales y fue condenada a 12 años de prisión. Su primera detención ocurrió hace ocho años, en 2018. En aquel momento, sostiene Leila, se reunieron “para apoyar las protestas populares y por primera vez coreamos un lema que se convirtió en el principal eslogan de este movimiento: ´Reformistas, conservadores: se acabó la historia’”.
Después de esa concentración, al menos 50 estudiantes de la Universidad de Teherán fueron detenidos y condenados a penas de prisión. Volvió a ser detenida tiempo después y encarcelada para cumplir su condena. Dice: “Durante mi estancia en las cárceles de la República Islámica, contraje dos enfermedades autoinmunes, lo que llevó a que, bajo presión social y cuando el riesgo de muerte se volvió grave, el régimen se viera obligado a liberarme, para volver a detenerme algún tiempo después”.
Su último proceso judicial estuvo relacionado con la defensa de su tesis. Asistió sin hiyab y le dedicó su tesis a dos luchadores socialistas por los derechos étnicos en la historia moderna de Irán. “Esto provocó una ira generalizada tanto por parte del régimen como de la oposición de extrema derecha, y se desataron ataques mediáticos contra mí en los principales periódicos oficiales, agencias de noticias y canales de televisión del régimen”, cuenta. Después de eso, se vio obligada a permanecer oculta durante un tiempo. Fue expulsada del posgrado y su título universitario de licenciatura fue anulado. Actualmente estudia en Alemania.
Fuente: LatFem
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