La cocina como territorio en tierras ajenas: historias entre fogones y fronteras

"En la historia de las cocinas y de los fogones en tierras lejanas, las mujeres han ocupado un lugar fundamental. Durante generaciones han sido guardianas de las tradiciones culinarias y, a través de la alimentación cotidiana, han cultivado conocimientos, memorias y formas de persistir. En muchos hogares, las recetas familiares no solo enseñan a cocinar; también enseñan quiénes somos, de dónde venimos y cómo seguimos construyendo identidad, incluso cuando la vida nos lleva lejos de casa".

Fotografía: Backtori Golen Zúñiga

"Aunque viví 30 años allá, en mi cocina siempre estuve aquí."

Mila, en una conversación familiar (2026)

Hace un par de semanas mi mamá cumplió 84 años. Entre 1964 y 1994 vivió y trabajó en otro país. Durante tres décadas, una parte de su salario viajaba cada mes como remesa hacia Costa Rica para apoyar a su familia.

Desde que tengo memoria, tanto cuando vivíamos allá como ahora que estamos aquí, cada mes de julio celebramos su cumpleaños haciendo tamales. No hay nada que le haga más ilusión que compartir un tamal en conmemoración de su natalicio.

Cada año alguien le hace la misma pregunta: ¿por qué hacer tamales a mitad de año, si los tamales son para Navidad?

Ella siempre responde lo mismo: los tamales son para celebrar nacimientos.

Esa tradición nació mientras vivía lejos de su país y de su familia. Preparar tamales en julio era una forma de sentirse un poco más cerca de sus raíces.

Cuando una persona migra o se ve obligada a desplazarse, en su maleta viajan el lugar del que partió y los caminos que ha recorrido. Lleva consigo, a través de los sentidos, los sabores de su infancia, los saberes heredados y las formas de comprender, habitar y compartir el mundo.

Es precisamente en ese espacio donde nunca se termina de estar completamente aquí, pero tampoco se deja de habitar el allá, donde la cocina se convierte en un territorio propio. Un territorio que no necesita mapas, porque se construye con las manos, los recuerdos y los afectos. Allí, la comida se transforma en un puente que conecta la identidad con el sentido de pertenencia, la memoria con el presente y a las personas con sus historias. También se convierte en una forma de resistencia y en una manera de transmitir la cultura a las nuevas generaciones.

Cocinar nuestros platillos, en un país diferente implica adaptarse constantemente. Hay ingredientes que no existen y sabores que parecen imposibles de reproducir. Es justamente ahí donde aparecen la creatividad y el ingenio. Se sustituyen ingredientes, se reinventan recetas y se descubren nuevas formas de rendir homenaje a las recetas originales. Lejos de perderse, la identidad se transforma, dialoga con el nuevo contexto y encuentra otras maneras de permanecer viva.

Los procesos de movilidad humana no solo transforman a quienes migran; también enriquecen a las sociedades que los reciben. En ese intercambio cotidiano de recetas, ingredientes y conversaciones alrededor de una mesa circulan formas de entender el mundo, de cuidar, de compartir y de construir comunidad.

Mi mamá creció preparando los tamales de cerdo envueltos en hojas de plátano. Sin embargo, al llegar a otro país y compartir con mujeres latinoamericanas provenientes de distintos lugares, su cocina y su corazón comenzaron a expandirse. Descubrió los tamales de mole oaxaqueños de México, los tamalitos dulces de Cambray de Guatemala, los tamales de pisque de El Salvador, los nacatamales de Nicaragua, los tamales de plátano de Panamá y las humitas que recorren América del Sur.

En la historia de las cocinas y de los fogones en tierras lejanas, las mujeres han ocupado un lugar fundamental. Durante generaciones han sido guardianas de las tradiciones culinarias y, a través de la alimentación cotidiana, han cultivado conocimientos, memorias y formas de persistir. En muchos hogares, las recetas familiares no solo enseñan a cocinar; también enseñan quiénes somos, de dónde venimos y cómo seguimos construyendo identidad, incluso cuando la vida nos lleva lejos de casa.

Aunque se deje atrás un territorio físico, las personas pueden seguir habitando otros territorios cargados de significados, emociones y relaciones. La cocina es uno de esos espacios simbólicos desde donde se vuelve posible reencontrarse, de alguna manera, con el lugar de origen.

Cuando cocinamos, los alimentos se transforman: cambian de textura, de color y de sabor, pero no dejan de ser lo que son. Algo similar ocurre en el contexto de las movilidades humanas. Migrar no significa abandonar la identidad, sino aprender a habitarla en nuevos territorios. En ese proceso, la cocina, el acto de cocinar y el de compartir la mesa adquieren un significado profundo.

Quizá por eso, cada julio, mientras envolvemos tamales para celebrar el cumpleaños de mi mamá, entiendo que no estamos preparando únicamente comida. Estamos amasando recuerdos, enlazando afectos y recordándonos que, a veces, el camino más corto para regresar a casa comienza en una cocina.

Y tal vez ese sea el mayor poder de una cocina: demostrar que, sin importar donde estemos, hay sabores, olores y recetas que siempre encuentran la manera de seguir acompañándonos.

Fuente:  Universidad Estatal a Distancia, Costa Rica

Temas: Saberes tradicionales

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