Los niños que aprenden primero sobre la guerra y luego sobre el mundo
"Cuando un niño empieza a temerle al cielo, algo fundamental ya se ha perdido"
Eran finales de 2023 cuando nuestros televisores comenzaron a transmitir imágenes de Gaza. Vi las imágenes una y otra vez; ruinas, sirenas y la insoportable quietud de los cuerpecitos envueltos en blanco.
La escala de destrucción era inmensa, pero lo que perduró fue la cara de los niños: algunos ya no estaban, otros estaban heridos y algunos eran muy pequeños para entender por qué su mundo había colapsado de la noche a la mañana. Las noticias hablaban en cifras —víctimas, estadísticas—, pero detrás de esos números había historias que se rehusaban a abandonar la habitación incluso después de apagar la televisión.
Esto ya no es una realidad reducida solo a zonas de conflicto. En una era de conectividad constante, los niños en todo el mundo están expuestos a la guerra en tiempo real; a través de pantallas, conversaciones o ansiedad en el entorno de los adultos que los rodean. Este artículo sostiene que esa exposición cambia la infancia, incluso cuando están lejos del campo de batalla.
A menudo me siento con mi esposa a charlar sobre lo que acabamos de ver mientras intentamos procesar un duelo que ni siquiera era nuestro, pero que de alguna forma lo era.
En el medio de todo esto me olvidé de algo importante, tengo dos hijas. La mayor tiene casi 15 años, lo suficientemente grande para entender el lenguaje del conflicto. La menor, de seis años, aún vive en un mundo donde las preguntas son simples y se espera que las respuestas tranquilicen. Estaban en la habitación más seguido de lo que me percataba; miraban, escuchaban y absorbían.
Al principio, sus reacciones eran sutiles. Había una pregunta acá, una mirada allá. Mi hija menor me preguntó una vez «¿por qué lloran?» mientras señalaba la pantalla. Yo di una respuesta segura e incompleta, diseñada para proteger. Pero los niños no solo escuchan palabras, leen caras y descifran los tonos y los silencios. Lo que yo creí que suavicé, ella ya lo había entendido a su manera.
Luego, más recientemente, la distancia entre «allí» y «aquí» colapsó.
Mientras la tensión entre Estados Unidos, Israel e Irán se intensificaba, el tono de las noticias cambió. Ya no solo se trataba de otro lugar, las noticias mencionaban el golfo Pérsico. Los avisos se mostraban en las pantallas. Aparecían palabras como «misiles» o «drones» en conversaciones cotidianas, no como vocabulario distante, sino como una posibilidad.
Las escuelas cerraron y el ritmo cotidiano se detuvo. Luego, llegó el momento que alteró todo, la materialización de que Catar, donde vivimos y junto a otros países del Golfo, podría estar en riesgo. Los titulares que antes leía con un grado de separación, ahora afectaba personalmente de forma incómoda.
Me percaté del miedo antes de que se expresara.
Mi hija mayor intentó mantenerse calmada, pero sus preguntas se volvieron aún más rápidas y afiladas; «¿sucederá esto aquí?» y «¿estamos a salvo?». No había una forma fácil de responder sin afrontar una realidad que yo mismo no conocía completamente.
Mi hija menor no preguntaba, se aguantaba.
Un sonido repentino la hizo estremecerse. Una notificación le llamó la atención al instante. El cielo, antes solo una extensión, se convirtió en algo que observar cuidadosamente, como si pudiese cambiar sin avisar. Fue entonces cuando entendí lo que no logré ver todo este tiempo.
La guerra no tiene que llegar a tu puerta para entrar. Llega silenciosamente, a través de una pantalla, en los titulares y en conversaciones no aptas para niños. Para cuando se siente real, ya se asentó en la mente de los niños y da forma a miedos que aún no saben cómo explicar.
Los estudios en psicología infantil demuestran que la exposición constante a la violencia, ya sea de forma directa o mediada, puede influenciar en la percepción de seguridad y estabilidad del niño. La línea entre el conflicto lejano y la realidad personal es cada vez más borrosa en el entorno de medios actual, donde lo explícito de las imágenes y los avisos de última hora son constantes. Lo que una vez estaba restringido, ahora llega sin filtro. Muchas veces llega sin las herramientas emocionales necesarias para poder procesarlo.
A menudo medimos la guerra en términos de territorio, poder y consecuencia política, pero hay un daño menos visible y mucho más duradero. Se transmite en las preguntas que los niños comienzan a hacer, en lo silenciosos que se vuelven y cómo empiezan a ver el mundo. Empiezan a verlo como un lugar de incertidumbre y no como un lugar donde existen posibilidades.
Se supone que la niñez es un momento de descubrimiento, cuando el cielo solo es el cielo y no algo a lo que se le debe temer. Momentos en los que los sonidos fuertes son sinónimo de emoción y no de señales de peligro. Momentos en los que el mundo se percibe inmenso, pero que te protege.
Hoy en día, esa sensación de protección se esfuma de forma silenciosa para muchos niños.
Algunos la pierden de forma directa a la sombra del conflicto. Otros pierden partes de esa sensación desde la distancia por exposición constante, con preguntas sin respuesta y aumento de la conciencia de que el mundo ya no es el lugar tan seguro que era.
Esto plantea preguntas difíciles de responder para padres, educadores e instituciones de medios por igual. ¿Cuánta exposición en necesaria para tomar conciencia y cuándo se vuelve abrumadora? ¿Estamos preparando a los niños para que entiendan lo que ven o simplemente esperamos que lo absorban? Al intentar mantenernos informados, tal vez subestimamos lo profundamente que estos momentos se asientan en las mentes jóvenes.
No podemos proteger de la realidad a los niños para siempre. Tampoco deberíamos actuar como si el mundo no estuviera manchado por el conflicto. Pero en medio de la conciencia y la exposición hay una línea que no logramos trazar, una línea entre el informar y lo abrumador, entre el preparar y el atemorizar.
Cuando un niño empieza a temerle al cielo, se sabe que se perdió algo fundamental.
El cielo no estaba destinado a ser una fuente de ansiedad. Estaba destinado para las nubes que cambian de forma, para los pájaros que vuelan sin fronteras y para las estrellas que aparecen silenciosamente en la noche.
No estaba destinado para misiles o drones.
Aun así, para muchos niños, el cielo ya no es un lugar a asombro. Es un signo de interrogación, un lugar al que miran con precaución y no con curiosidad.
Y tal vez este es el daño que más perdura de todos; no el daño que la guerra causa en el momento, sino lo que silenciosamente reescribe para el futuro.
Mucho tiempo después de que el ruido se desvanezca, estos niños recordarán algo; recordarán que aprendieron a temerle al cielo antes de poder comprender por completo el mundo que está debajo.
Traducido (Español) por Ariadna Salomon
Fuente: es.globalvoices.org