Ser complacientes con las empresas no va a salvar a la biodiversidad
Mientras los ecosistemas colapsan y la extinción de especies se acelera, hay una idea que se niega a desaparecer: las empresas sólo necesitan el estímulo adecuado para hacer lo correcto.
El domingo 8 de febrero, la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, por sus siglas en inglés) adoptó la Evaluación sobre las Empresas y la Biodiversidad. Se trata de un documento cuidadoso, metodológicamente rico y lleno de detalles.
El informe reconoce que la pérdida de biodiversidad tiene causas estructurales. Destaca que los sistemas económicos actuales, los modelos de negocio orientados a los beneficios y la lógica financiera a corto plazo son fundamentalmente incompatibles con la detención y la reversión del declive de la biodiversidad. También identifica a las subvenciones perjudiciales, el cabildeo empresarial, la concentración de poder y la desigualdad como factores clave de la pérdida de biodiversidad, al tiempo que subraya la importancia de un lenguaje firme sobre los derechos de los Pueblos Indígenas y el consentimiento libre, previo e informado.
Aun así, a pesar de identificar varios aspectos críticos de la crisis de la biodiversidad, el informe llega en última instancia a conclusiones problemáticas.
Todo el informe se basa en un supuesto conocido y peligroso: las empresas no son suficientemente conscientes de su dependencia de la biodiversidad y de sus impactos sobre ella. Si lo fueran, actuarían mejor con el apoyo adecuado (el “entorno propicio” adecuado). Sin embargo, en lugar de tratarlo como el supuesto que es, el informe lo trata como un hecho.
Es una historia atractiva que hemos escuchado durante décadas. También es un supuesto engañoso.
El problema no es la ignorancia, sino las ganancias
Creer que las empresas se comportarán mejor con nuevos datos o herramientas que les ayuden a ser conscientes sobre su dependencia de la biodiversidad e impactos sobre ella, es una interpretación errónea de la realidad.
La mayoría de las grandes empresas no están confundidas acerca de sus impactos en la naturaleza. Las empresas mineras saben lo que las minas a cielo abierto hacen a los ecosistemas. Las empresas agrícolas saben lo que los monocultivos hacen a los suelos y a los polinizadores. Las empresas de combustibles fósiles saben exactamente cómo sus actividades contribuyen al deterioro del clima y la biodiversidad.
El problema no es la ignorancia. Es que la destrucción sigue siendo rentable, mientras que la protección a menudo no lo es.
Este simple hecho explica por qué tantas empresas gastan millones en el cabildeo contra las normas medioambientales, impulsando la desregulación y advirtiendo a los gobiernos que las protecciones estrictas perjudicarán la competencia. No se trata de un comportamiento marginal, sino de una estrategia corporativa habitual. Sin embargo, en la evaluación de la IPBES, este poder corporativo pasa en gran medida a un segundo plano.
A menudo se describe a las empresas como entidades que luchan contra presiones a corto plazo o sistemas mal diseñados, en lugar de como actores poderosos que moldean activamente esos sistemas en su beneficio. Hay una famosa frase que generalmente se atribuye a Upton Sinclair: “Es difícil hacer que una persona entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”. La pérdida de biodiversidad encaja perfectamente en esta lógica. Las empresas entienden bien el problema. Actuar al respecto simplemente costaría demasiado.
Las acciones voluntarias fracasan por una razón
Una de las conclusiones más reveladoras es también la más incómoda: casi ninguna empresa toma medidas en materia de biodiversidad. Según el informe adoptado por el IPBES, menos del 1 % de las empresas que publican informes revelan de manera significativa su impacto en la biodiversidad.
Cuando se divulga esta información, suele ser porque así lo exige la normativa.
La ineficiencia de las acciones voluntarias de las empresas para la biodiversidad debería ser la conclusión principal. En cambio, el informe insiste en la necesidad de mejorar las métricas, las herramientas y las directrices, como si el ingrediente que faltara fuera otro marco más, en lugar de la voluntad política.
Hay una simple verdad que el informe admite, pero que no recoge en sus conclusiones: la regulación funciona.
Cuando la divulgación de información sobre biodiversidad es obligatoria, aumenta su aceptación. Cuando se requieren permisos, se realizan evaluaciones. Cuando existen normas claras, el comportamiento cambia. Todos los grandes avances medioambientales del siglo pasado —leyes sobre la calidad del aire, prohibición de productos químicos tóxicos, protección de la fauna silvestre— se lograron gracias a normas vinculantes, no a la buena voluntad. La biodiversidad no será una excepción.
Sin embargo, a lo largo de la Evaluación sobre las Empresas y la Biodiversidad, la regulación se trata como una opción más entre muchas otras, cuidadosamente equilibrada con las asociaciones (“partnerships”), los incentivos y los compromisos voluntarios. Eso no es equilibrio. Es permitir a las empresas una vía de escape fácil que no perjudique sus negocios.
No todas las empresas son igualmente culpables, ni igualmente convencibles
Otra afirmación popular en la evaluación es que “todas las empresas dependen de la biodiversidad”. Aunque técnicamente es cierto en abstracto, este planteamiento pasa por alto realidades incómodas.
Algunos de los sectores más destructivos —minería, petróleo y gas, petroquímica, infraestructuras a gran escala— dependen muy poco de los ecosistemas intactos para seguir siendo rentables a corto o medio plazo. Sus modelos de negocio se basan en la extracción, la conversión de tierras y la indulgencia normativa.
Apelar a la “dependencia de la naturaleza” de estos sectores probablemente no cambiará su comportamiento, ya que la destrucción continua sigue siendo rentable. Tratar a las empresas como un actor único y homogéneo con una gran dependencia de la naturaleza corre el riesgo de promover acciones entre aquellos que comprenden la importancia de la biodiversidad, y dejar fuera a los grandes contaminadores que no dependen de ella.
Viejas soluciones falsas, recién reempaquetadas
A pesar de reconocer la gravedad de la pérdida de biodiversidad, el informe adoptado por el IPBES recurre repetidamente a instrumentos basados en el mercado como posibles soluciones: créditos de biodiversidad, planes de compensación, pagos por servicios ecosistémicos, productos financieros verdes y certificación.
Estas ideas no son nuevas, y tampoco lo es su fracaso. La compensación no ha detenido la pérdida de biodiversidad; los créditos han permitido que la destrucción continúe en otros lugares; los instrumentos financieros se han convertido con demasiada frecuencia en herramientas de lavado verde en lugar de transformación. La certificación ha sido un instrumento de lavado verde con medios diseñados para engañar y con graves repercusiones en los pueblos del Sur Global.
Sin embargo, la reducción del daño sigue considerándose un “impacto positivo” y las ganancias en eficiencia se presentan como un progreso, a pesar de que los ecosistemas ya son empujados más allá de sus límites.
En esta etapa de la crisis de la biodiversidad, ser “menos malo” simplemente no es suficiente. El reciente informe “Transformative Change”, también de la IPBES, afirma claramente que “las medidas incrementales no serán suficientes para salvar la biodiversidad”. Sin embargo, el informe ahora adoptado parece haber olvidado estas conclusiones y solo propone medidas de acciones incrementales, sin proponer los cambios reales y necesarios para abordar la actividad empresarial como uno de los principales impulsores de la crisis de la biodiversidad.
Un momento decisivo para los gobiernos: seguir facilitando o empezar a legislar
A medida que los gobiernos avanzan en la implementación de los compromisos globales en materia de biodiversidad en virtud del Convenio sobre la Diversidad Biológica, esta Evaluación sobre las Empresas y la Biodiversidad determinará las decisiones políticas.
Los gobiernos y las instituciones internacionales pueden interpretarla como un estímulo para seguir perfeccionando el compromiso voluntario con las empresas. O pueden entenderla como una prueba de que el voluntarismo ha fracasado.
Si eligen la primera opción, veremos más marcos de información, asociaciones y promesas, junto con un colapso ecológico continuo. Si eligen la segunda, las implicaciones son claras: normas vinculantes, coordinación internacional y límites estrictos sobre los impactos a la biodiversidad que todavía se les van a tolerar a las empresas.