Mercado agroalimentario, cambio climático y soberanía
La industrialización del sistema alimentario ha generado cambios en la nutrición, la salud y el desarrollo comunitario de los países. Las pautas de cultivo y comercialización están sujetas al hecho de que el mercado agroalimentario es el mayor mercado global. Son las grandes corporaciones las que controlan qué se come, cuánto se come y el precio de lo que se come, cuando debería ser el derecho de los pueblos poder elegir las políticas que le permitan alcanzar alimentos nutritivos y accesibles. Decidir su propio sistema productivo hace a la soberanía de los pueblos.
La alta incidencia de malnutrición a nivel global es debida a la homogeneización de la alimentación con déficit de micronutrientes y a las restricciones surgidas del propio modelo productivo para el acceso a los alimentos. La producción agrícola industrial genera apenas doce cultivos y solo cuatro, la soja, arroz, maíz y trigo, otorgan el 60% de las calorías consumidas. Hay poca diversidad de producción y de ciertas características para poder acceder al mercado comercial. Muy pocas variedades ocupan más del 80% del espacio en las góndolas y actualmente diez empresas concentran la cadena alimentaria, las semillas, el arrendamiento de tierras, la producción de alimentos procesados y la exportación.
Las semillas son un insumo crítico y de gran valor, su concentración monopólica atenta contra la soberanía alimentaria de un país ya que la posesión y producción determina la oferta de alimentos.
La mayor inequidad en el modelo agroindustrial la tienen las familias productoras a causa de que el acceso a la tierra mediante créditos es casi imposible, los contratos de alquiler de tierras son desmedidos e incluyen métodos productivos y de comercialización que los condicionan. El productor se enfrenta a altos costos para la compra de agroquímicos, fertilizantes y maquinaria específica. Las desigualdades en las oportunidades para el acceso hacen que los empresarios del agronegocio accedan a facilidades de financiamiento que los pequeños agricultores no pueden. En Argentina, el 1% de las empresas agrarias poseen el 36% de la tierra cultivada y solo el 13% está en manos de pequeños productores, que producen más del 60% de los alimentos internos.
La industrialización de la agricultura sustituye los trabajos familiares, genera dependencia hacia el mercado para la compra de insumos, venta de productos y rompe la autonomía de los mecanismos de reproducción social y económica, generando pobreza.
Los efectos en el medio ambiente que tienen la producción, la distribución y el consumo de alimentos procesados son muchos: aumento de la temperatura terrestre, incendios, inundaciones, pérdida de especies y de biodiversidad. El sistema agroalimentario industrial emite más de 18 mil millones de toneladas de gases de efecto invernadero al año y es el mayor responsable del cambio climático. La utilización de la tierra para monocultivos, la deforestación, el uso de fertilizantes y agroquímicos generan el 38% de las emisiones, mientras que la distribución representa el 29%.
La mayoría de los niños y niñas hambrientas del mundo viven en países donde los cultivos se usan para alimentar a animales del sistema ganadero. El 50% de los granos cultivados a nivel mundial son para alimentar a animales que luego serán alimento de los habitantes de países desarrollados. Específicamente en Argentina, el 90% de la producción de granos de soja tienen ese destino, existiendo un 54% de niñas y niños pobres. El mayor registro de inseguridad alimentaria grave en las últimas estimaciones de la ONU del año 2020 se dio en América Latina, el Caribe y África.
El acceso a los alimentos autoproducidos de forma local es la forma más eficaz para frenar el cambio climático y combatir el hambre, logrando una alimentación diversificada con mayor composición de nutrientes y comida más fresca. El factor primordial en el aumento de la seguridad alimentaria, entendiendo a ésta como la posibilidad de que en todos los hogares haya acceso real a los alimentos, es el aumento local de la producción agroecológica, proporcionando fuentes laborales con mejores ingresos y mejoras en los sistemas de distribución de alimentos. El camino hacia la agricultura regenerativa mediante la producción agroecológica y la agrosilvicultura que integra árboles, ganado y pastos en una misma unidad productiva, hace posible producir más en cualquier área fértil o incluso devastada y que los cultivos industriales vuelvan a ser bosques y hábitat para la flora y fauna.
La satisfacción de las necesidades alimenticias que se obtiene de la producción local debería ser uno de los objetivos principales de las políticas nacionales. Transformar el sistema alimentario y la agricultura es necesario para lograr una producción diversificada que dé solución a la desnutrición, a la pobreza y al cambio climático.
*Vanesa Rosales de la Quintana es médica, especialista en medicina familiar y auditora de Servicios de Salud. Universidad de Buenos Aires (UBA).
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