La justicia de género y su rol crucial en la lucha contra la ganadería industrial

Idioma español

En nuestros esfuerzos colectivos por combatir los múltiples retos que plantea el sistema agroalimentario concentrado en torno a formas insustentables de ganadería hay un aspecto esencial que a menudo suele omitirse: la justicia de género. A pesar de que las percepciones predominantes consideren problemas como el hambre y la malnutrición, la exposición a agrotóxicos, la resistencia a los antibióticos, la especulación con productos básicos alimentarios, la producción de alimentos orientada a la exportación, la pérdida de alimentos nutritivos autóctonos por cultivos manipulados genéticamente y la degradación ecológica, entre otros, como remanentes de etapas previas de desarrollo o errores individuales, un abordaje más complejo, permite entender que los desafíos en cuestión son más profundos.

En el mundo se producen alimentos suficientes para alimentar a la población actual e incluso a una 1,5 veces superior; sin embargo, cientos de millones de personas padecen hambre. La idea de que las decisiones individuales erróneas son la principal causa de la contaminación y la deforestación, la pérdida de tierras, los bajos salarios, la precariedad económica y la desposesión de millones de familias en el campo, con repercusiones especialmente negativas para las mujeres, encubre el hecho fundamental de que en el mundo no faltan alimentos, sino que sobran injusticias. No es posible seguir pensando en la agricultura como un sistema de reproducción del capital y no de reproducción de la vida. Estas injusticias se presentan como fallas de mercado, remediables con mayor acceso a la información o con innovaciones tecnológicas, como la Agricultura Climáticamente Inteligente. 

Aunque, indudablemente, las decisiones personales y el acceso a la información son ineludibles para construir un mundo mejor, en la estructura sistémica del sistema alimentario las acciones individuales son insuficientes para transformar el hambre, la enfermedad, la pobreza y la destrucción ambiental. La narrativa que hace hincapié en las decisiones individuales y la tecnología como únicos correctivos no tiene en cuenta las estructuras sistémicas arraigadas en el sistema alimentario. La estructura  agroalimentaria está intrincadamente entretejida con la clase social, el género y la etnia, perpetuando una matriz de dominación capitalista, patriarcal y colonial en la cual subyace al acceso desigual al sustento, a unas condiciones de trabajo seguras y a un medio ambiente sano. En lugar de ayudar a trazar un camino hacia un futuro justo y equitativo, esta narrativa falsa y perniciosa nos mantiene encadenados a las injusticias históricas.

De que en el mundo no faltan alimentos, sino que sobran injusticias.

Profundizar en la dimensión patriarcal del sistema agroalimentario globalizado es una tarea obligatoria, como observa acertadamente Vandana Shiva: “ de la semilla a la mesa, toda la cadena alimentaria tiene que ver con el género“. Esta perspectiva nos insta a considerar el género no como una identidad individual, sino como un “sistema que estructura relaciones de poder, distribución, participación y derechos desiguales”, tal y como señala una reciente publicación de The Thirld World Network.

Históricamente, en la división sexual del trabajo, la producción de alimentos ha recaído principalmente en las mujeres, quienes han cosechado, cocinado, procesado y servido los alimentos desde prácticas de cuidado y diversidad. Sin embargo, la economía alimentaria de las mujeres no ha sido reconocida como trabajo productivo y menos aún la dominación patriarcal que se ha configurado por milenios; por el contrario, se ha refinado con el avance del poder corporativo, lo que les ha negado el acceso a los medios y recursos para continuar reproduciendo semillas, conocimientos y los alimentos mismos. Estas redefiniciones también han socavado la agencia de las mujeres y su capacidad de participación en los procesos de toma de decisiones, liderazgo y acciones colectivas. Entender que las luchas de la mujeres no son unilaterales, sino que entrecruzan sistemas de desigualdad basados en la identidad de género, edad, etnia, clase, raza y otras formas de discriminación, es fundamental para diseñar políticas públicas y de mitigación efectivas y acorde a la realidades actuales.   

Aunque las mujeres producen el 50% de los alimentos del mundo, apenas son propietarias del 2% de la tierra. Esta disparidad de género se hace también patente en las estadísticas relacionadas con el hambre y la malnutrición: las mujeres y niñas constituyen la mayoría de las personas que padecen hambre, superando en número a los hombres en 150 millones en 2021. Además, en la cría de animales, las mujeres son propietarias de menos animales, y normalmente de los más  pequeños, como cerdos o aves de corral. Este sesgo no sólo les priva de autonomía económica, sino que agrava el hambre en el mundo. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) afirma que conceder a las mujeres acceso a las mismas condiciones que a los hombres llevaría a alimentar hasta a 150 millones de personas más.

Los hilos entrelazados del capitalismo patriarcal, el control corporativo, el crecimiento ilimitado y la degradación ecológica han fomentado un sistema alimentario insostenible e injusto

Como las tierras de las mujeres han demostrado ser más agrobiodiversas, negarles su acceso erosiona las bases mismas de la vida. Históricamente, la humanidad ha consumido más de 8.000 plantas, 3.000 de ellas de forma regular, muchas gracias a la interacción de las mujeres con esas especies. El sistema agroalimentario corporativo despoja el conocimiento tradicional y lo privatiza; impulsa agendas económicas, políticas y culturales que serían impensables sin un arraigo patriarcal. Frente a las economías de las mujeres que piensan la comida en términos de alimentos, el sistema agroalimentario corporativo lo hace en términos de commodities.

Los cultivos básicos actuales se limitan a menos de una docena, siendo los más importantes el arroz, el maíz y el trigo. Los denominados commodities agrícolas más producidos en 2021 fueron la caña de azúcar, el maíz, los productos cárnicos, la soja, la palma aceitera y la leche. Gran parte de la caña de azúcar es utilizada en agrocombustibles y muchos de los otros productos no son consumidos directamente por la humanidad, sino usados como alimentos para animales de consumo como aves o reses. Más de un tercio de la superficie terrestre y alrededor del 75% del agua dulce se destinan a agricultura o ganadería; pero se prevé que los cultivos para la alimentación animal como la soja crezcan a corto plazo, y para 2029 la OCDE y la FAO anticipan un crecimiento del 14% en la producción ganadera (sobre todo intensiva) debido a los bajos precios de estos cultivos.

No se puede subestimar la gravedad de las injusticias de género dentro del sistema agroalimentario. Los hilos entrelazados del capitalismo patriarcal, el control corporativo, el crecimiento ilimitado y la degradación ecológica han fomentado un sistema alimentario insostenible e injusto. Los modelos de ganadería intensiva y extensiva usurpan tierras y aguas que deberían utilizarse para alimentar a las comunidades empobrecidas. Este modelo, a menudo justificado como alternativa para abordar la inseguridad alimentaria, está intensificando este problema, ya que consume más alimentos de los que genera. La agricultura industrial refuerza las prácticas sistémicas de exclusión y exacerba la opresión de las mujeres, como ilustran los siguientes ejemplos.

Intensificación de la violencia doméstica y sexual: Diversos estudios han demostrado que el empleo en mataderos (un trabajo masculinizado) puede generar trastornos de estrés postraumático. Una investigación empírica cuantitativa pionera identificó que este trabajo, en comparación con otros, presenta mayores tasas de detenciones por crímenes violentos y delitos sexuales. Las mujeres y las niñas, en toda su diversidad, sufren más abusos domésticos y sexuales por parte de los hombres con estos trabajos.

Injusticias climáticas: La ganadería representa hasta el 19,6% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. La crisis climática tiene impactos claramente diferenciados, y mucho se podría decir al respecto. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), aproximadamente el 80% de las personas desplazadas por el cambio climático son mujeres y niñas. En los refugios y campamentos a los que llegan, están más expuestas a la violencia sexual mientras duermen, se bañan o realizan sus actividades cotidianas.

Otros efectos diferenciados de la crisis climática incluyen la reducción del acceso a los alimentos, el aumento del tiempo y la distancia dedicados a buscar agua, alimentos o medicinas, lo que conlleva un mayor riesgo de violencia sexual, y el aumento de la deserción escolar de las mujeres, usualmente encargadas de estas tareas. Aunque los impactos diferenciados de la crisis climática y su relación con el sistema agroalimentario pueden ser sujetos de un desarrollo mucho mayor, por asuntos de extensión apenas mencionamos los anteriores para ejemplificar cómo las injusticias se entrecruzan e intensifican si no se abordan de forma holística.

Pérdida de medios de subsistencia: La cadena de la agricultura industrial requiere cada vez más insumos como tierra, agua y energía; esto conduce a un acaparamiento de bosques, tierras agrícolas y agua, que tiende a desplazar la producción a pequeña escala y las actividades tradicionales de los pueblos que dependen de los bosques. En esta situación, las mujeres son más vulnerables debido a la falta de derechos para acceder a estos elementos. Además, como el trabajo de las mujeres dentro y fuera del hogar no se reconoce como “productivo”, tienen más dificultades para encontrar trabajos remunerados, se enfrentan a la expulsión o no pueden utilizar la tierra y el agua debido a la contaminación u otras formas de privatización.

Salud pública: La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce que el género es un factor determinante en las desigualdades sanitarias. Dado que las mujeres tienen mayores tasas de malnutrición, su sistema inmunológico suele estar debilitado y son propensas a desarrollar enfermedades no transmisibles relacionadas con zoonosis, agrotóxicos, hormonas y otros riesgos a los que están expuestas en comunidades afectadas por proyectos de ganadería intensiva o monocultivos alimenticios.

Los impactos mencionados son sólo indicativos, ya que todos los aspectos de la vida social están permeados por el género y esto no excluye las tendencias alimentarias actuales. El sistema agroalimentario corporativo fomenta los monocultivos porque controlan más, no porque produzcan más o mejor; esto implica una mayor subyugación de las mujeres, los pueblos racializados y empobrecidos, las comunidades locales y los pueblos indígenas, y, en muchos casos, estas injusticias se entrecruzan y profundizan. 

El sistema alimentario concentrado en torno a la expansión de formas insostenibles de ganadería intensiva y extensiva es injusto e inviable, pero no invencible. Comprender las condiciones estructurales y las luchas de los más vulnerables en toda la cadena del actual sistema alimentario es esencial para entender la profunda necesidad de cambio e identificar posibles caminos. Este imperativo va más allá de la rectificación de las desigualdades inmediatas: implica un replanteamiento radical de las dinámicas de poder, la distribución de los recursos y los valores sociales. 

En este sentido, superar la ganadería insustentable, expresión concentrada del capitalismo patriarcal, y avanzar hacia sistemas alimentarios sostenibles y justos implica necesariamente justicia de género. Significa una lucha feminista. Adoptar una perspectiva feminista como fuerza motriz en la remodelación de nuestros sistemas alimentarios no sólo es ético, sino también pragmático. Al desentrañar las estructuras profundamente arraigadas del patriarcado y el capitalismo, allanamos el camino hacia un futuro sostenible, justo y equitativo. Para crear un mundo nutrido y equilibrado, debemos adoptar un cambio de paradigma integral que reconozca el valor de las mujeres, proteja la biodiversidad y defienda todas las formas de vida.

Por Andrea Echeverri, coordinadora de la Campaña de Ganadería Insustentable, Coalición Mundial por los Bosques (GFC)

Fuente: Coalición Mundial por los Bosques

Temas: Feminismo y luchas de las Mujeres, Ganadería industrial

Comentarios