El Agronegocio: un modelo petróleo dependiente e insostenible
El actual conflicto bélico en Medio Oriente visibiliza la insostenibilidad estructural de este modelo agroindustrial, altamente dependiente de la energía fósil. Por ejemplo, el Estrecho de Ormuz es un corredor vital por donde circula cerca de un tercio del comercio marítimo de fertilizantes, además de los volúmenes de gas y petróleo necesarios para su síntesis.
Cuando este flujo se ve amenazado, insumos clave como la urea —producida masivamente por países como Qatar— sufren desabastecimiento y una escalada de precios. Las proyecciones para la primera mitad de 2026 estiman aumentos globales de entre el 15% y el 20% en los costos de transporte, seguros y producto final, de acuerdo a informe de la FAO (2026) y del World Economic Forum (2026).
El agronegocio, sustentado en semillas privatizadas de baja diversidad biológica cuya producción depende estrictamente de insumos derivados de combustibles fósiles, muestra su alta fragilidad en este contexto. En este modelo, la fertilización constituye un punto crítico: cultivos como el maíz y el trigo requieren grandes cantidades de nitrógeno (N), sintetizado a partir de amoníaco y gas natural, mientras que la soja demanda altos niveles de potasio (K) – debido a su rápida extracción del suelo –. Las semillas transgénicas, diseñadas para este uso intensivo, dependen de una provisión constante de nitrógeno (N), fósforo (P) y potasio (K); por ello, su rendimiento tiende a caer cuando estos recursos escasean o se encarecen.
Simultáneamente, el uso masivo de fertilizantes y agrotóxicos deteriora la microbiología del suelo, generando lo que muchas veces se describe como «suelos muertos», los que necesitan cada vez más insumos externos para seguir produciendo. A esta degradación se suma la dependencia de los monocultivos hacia los agrotóxicos —también derivados del petróleo—, cuya eficacia disminuye ante una resistencia genética creciente. Este escenario obliga a aplicaciones más letales y costosas, agravadas por la ocurrencia cada vez más recurrente de fenómenos climáticos extremos.
En Paraguay, la importación de insumos químicos crece en paralelo a la degradación de sus suelos. El análisis de los datos de los últimos Censos Agropecuarios Nacionales (2008 y 2022) evidencian esta vulnerabilidad: el número de fincas dependientes de urea y otros fertilizantes químicos pasó de 45.308 en 2008 a 63.535 en 2022, un incremento del 40,2%. A diferencia de la agroecología, el agronegocio carece de la resiliencia biológica necesaria para amortiguar las crisis externas.
Además, el agronegocio exige maquinaria pesada y enormes volúmenes de gasoil para la siembra, cosecha y fumigación de millones de hectáreas acaparadas por monocultivos. Sumado a ello, en este modelo, los granos deben recorrer miles de kilómetros para alimentar, principalmente, al sector ganadero industrial europeo o asiático. Con el alza del petróleo y el bloqueo de rutas marítimas, el comercio internacional entra en un escenario crítico. Para países como Paraguay, altamente dependientes de la importación de combustibles, alimentos y medios de vida, el encarecimiento de la logística resulta crítico, impactando directamente en la subida de los precios de los alimentos y del transporte.
Con ello, queda evidenciado que este sistema, diseñado para el lucro corporativo y no para garantizar el derecho a una alimentación sana, sostiene su rentabilidad a costa del hambre, el envenenamiento masivo, la eutrofización de los ríos y la destrucción de ecosistemas enteros. La dinámica extractivista agroindustrial no solo ha provocado la ruptura de los ciclos biológicos y la erosión de la diversidad genética, sino también la pérdida sistemática de semillas, territorios y saberes campesinos e indígenas, y culturas locales. En última instancia, el agronegocio se sitúa en el epicentro de una crisis ecológica que es, en esencia, una crisis civilizatoria.
En este contexto, las prácticas agroecológicas son fundamentales para garantizar la soberanía alimentaria, la recomposición de los ciclos biológicos y el enfriamiento del planeta, tal como desde hace décadas se reivindica por parte de las organizaciones campesinas e indígenas.