El docente Leonel Damasco cuenta cómo fue su experiencia dictando cursos agropecuarios en el penal de Merlo
En estas zonas periurbanas, donde no somos ni ciudad ni campo, como lo es el tercer cordón del conurbano, tenemos mucho potencial para producir”, expresó el docente, que, tras haber cruzado las rejas para enfrentarse a lo desconocido, confía en que no hay contexto en el que la enseñanza no pueda ayudar a generar grandes cambios.
“Los suelos son como las personas, siempre se pueden recuperar”. Con esa frase de uno de sus recordados mentores dando vueltas en su cabeza, Leonel Damasco concretó el año pasado un proyecto impensado en su carrera: dictar cursos agropecuarios en la cárcel de Merlo.
A fin de cuentas, reflexiona este técnico superior en Gestión Ambiental, la agroecología trabaja con suelos vivos y tiempos lentos y es perfectamente extrapolable de los barrios a las cárceles, donde la temporalidad y la vida se juegan entre grandes muros de hormigón, barrotes y alambres de púa. Y donde el futuro, al igual que con el trabajo en el suelo, es incierto.
“Tampoco se trata de romantizar y pensar que con un curso de huerta uno le va a transformar la vida tan fácil a otra persona, pero sí estoy seguro que gracias al aprendizaje se va sembrando algo distinto”, expresa Leonel, que repasó junto a Bichos de Campo lo que sin dudas fue una de las experiencias más completas de su vida docente, que le ha dejado los mejores recuerdos y que recientemente fue reconocida por el Concejo Deliberante de esa localidad bonaerense.
A fines de 2025, en la última sesión del año, los 24 concejales del partido aprobaron por unanimidad la ordenanza 6319/25, que declaró de “interés municipal” los cursos de orientación agropecuaria dictados en las unidades penitenciarias 59 y 60 de la localidad de Libertad, por su “aporte educativo, ambiental y social a las necesidades del desarrollo local”.
La iniciativa surgió en el seno del Centro de Formación Profesional (CFP) 401 “San José”, ubicado allí en Merlo y destinado a brindar cursos presenciales con rápida salida laboral. Por primera vez en la historia del partido, el CFP extendió su ámbito de acción a la cárcel, y fue Leonel quien estuvo al frente del proyecto.
Tras 8 años enseñando nociones del agro en el barrio, lidiando con historias y contextos difíciles, tuvo que hacerlo en el último lugar donde se espera que algo florezca. Y aún así floreció.
“Fue un gran desafío. Era la primera vez que entraba a una cárcel en mi vida, y lo hacía con prejuicios, miedos, entusiasmo, y además con la certeza de que había que trabajar con recursos escasos”, recordó el docente, que sólo tenía un par de escenas de series televisivas en su cabeza y un cuaderno con muchas ideas para llevar a cabo. Lo que luego ocurrió dentro del penal barrió con todo eso.
Entre marzo y diciembre del 2025, cada martes y jueves trabajó con cursos mixtos de unos 15 alumnos. Allí, en el patio, esos hombres y mujeres no eran ni delincuentes, ni convictos, y no tenían otra etiqueta adicional. Por unas horas, eran alumnos que aprendieron a producir semillas y alimentos, a compostar, a forestar y a trabajar la tierra.
¿Prejuicios? Tras un año de trabajo, no le queda ni uno, dice Leonel, que pudo ver de primera mano cómo en pequeñas iniciativas se debate también la tan mentada “reinserción social”. No es que una huerta en macetas en un penal del tercer cordón del conurbano lo cambie todo, pero es al menos una muestra de que hay una forma distinta de hacer las cosas.
“Toda la gente que está en la cárcel en algún momento va a salir, y si lo hace con un oficio o una capacitación, es positivo para la sociedad. Si alguien que está privado de su libertad sale destruido, con la cabeza rota y con el cuerpo arruinado, es difícil que pueda cambiar el rumbo por el que venía”, aseguró.
Lo cierto es que, así como se llevó una grata sorpresa con sus alumnos, también lo hizo con el sistema penitenciario, del que también, y por supuesto, guardaba muchos prejuicios. “La gente no está ahí porque quiere, pero te encontrás con que muchos tienen ganas de hacer cosas”, comentó el docente, que de hecho trabajó en conjunto al programa Huerta Urbana Bonaerense para conseguir plantines e implementos..
¿Hacer “jardinería” entre barrotes? Si a muchos les entusiasmó la idea es porque ahí hay -literalmente- un cable a tierra, y porque ya sea quitando una maleza, haciendo un trasplante o cosechando un alimento, se toma distancia al menos por un rato de la violencia y la cruda realidad que se vive en los pasillos de un penal.
“En un contexto gris, con paredes de cemento y alambre de púa, ver una flor, una abeja o una mariposa, no tiene comparación”, expresó.
Desafortunadamente, no hubo espacio en la currícula para repetir la experiencia y, al menos por ahora, en 2026 no habrá un nuevo ciclo en el penal. Es una lástima, dice Leonel, que asegura que el trabajo agropecuario tiene un gran potencial en los contextos de encierro, donde docente y alumno aprenden por igual.
“Hoy en día donde todo es rápido y todo se mueve con un dedo en una pantalla, poner una semilla, esperar e incluso frustrarse es revolucionario. Siempre es bueno mostrar que se pueden hacer cosas positivas aún en los contextos más duros”, señaló.
Del mismo modo, Damasco también remarca lo importante que es trabajar puertas afuera en programas similares. Lo ve en el Centro de Formación Profesional donde trabaja, que reúne a personas con realidades muy dispares, a quienes salen a buscar el plato de comida diario y hasta los que pueden soñar con un emprendimiento propio.
Sin embargo, Leonel lamenta que parte de ese trabajo en las aulas perdió un pie de apoyo tras la disolución del programa Prohuerta del INTA, destinado a promover la creación de huertas agroecológicas familiares, escolares y comunitarias y a acompañar proyectos productivos a pequeña escala.
“No era solo repartir un kit de semillas, sino que era también la excusa para tener asesoramiento y hablar de producción. En estas zonas periurbanas, donde no somos ni ciudad ni campo, como lo es el tercer cordón del conurbano, tenemos mucho potencial para producir”, expresó el docente, que, tras haber cruzado las rejas para enfrentarse a lo desconocido, confía en que no hay contexto en el que la enseñanza no pueda ayudar a generar grandes cambios.
Fuente: Bichos de campo
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