Suplemento Ojarasca #345
De alguna manera, los contenidos escritos y visuales que nos honra publicar mes con mes en este Suplemento Ojarasca en La Jornada ilustran, demuestran y documentan que los pueblos originarios y campesinos de México y el continente han sido maestros de la continuidad y las diversas formas de resistencia.
UMBRAL | La
La continuidad de los pueblos originarios después de la llegada de los invasores españoles desafía los cálculos demográficos y las previsiones de la colonización violenta, así como el progreso que los excluyó en todas las épocas posteriores. El desarrollo, la modernización, la aplanadora urbana e industrial no dejan de asolar sus territorios y la sensatez de sus rasgos agrícolas, culturales y sagrados más auténticos. Cálculos recientes de la academia presumen que al concluir el siglo XVI habían desaparecido casi la totalidad de los pobladores originarios de estas tierras. No tanto por la guerra, se arguye, sino por las epidemias. Esto, como si las epidemias y los gérmenes no fueran armas de guerra de los invasores.
El propio Bernardino de Sahagún registra la mortandad: “Las gentes se van acabando con gran prisa, no tanto por los malos tratamientos que se les hacen, como por las pestilencias que Dios les envía. En 1520, cuando echaron de México por guerra a los españoles, hubo una pestilencia de viruelas donde murió casi infinita gente. Después de haber ganado los españoles esta Nueva España, en 1545 hubo una pestilencia grandísima y universal, donde murió la mayor parte de la gente que en ella había. Ahora, en agosto de 1576, comenzó una pestilencia universal y grande, la cual ha ya tres meses que corre, y ha muerto mucha gente, y muere y va muriendo cada día más”.
La investigadora Gisela von Wobeser, del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México exponía hace unos años (en UNAM Global, noviembre de 2019): “En ese entonces había pocos españoles y sus ciudades eran escasas y muy chicas, por lo que el resto del territorio quedó casi igual en cuanto a lo administrativo, lo económico y el ejercicio de la justicia. Sin embargo, en ese breve lapso murieron alrededor del 90 por ciento de los indígenas; millones de vacas, borregos y ovejas vagaban en planicies vírgenes destruyendo el entorno para saciar su hambre, y la agricultura extensiva de estilo europeo se apropió de inmensas extensiones, algo jamás visto, pues los mesoamericanos sembraban de forma intensiva en pequeñas parcelas”.
Convengamos que resulta extraño, sorprendente, extraordinario que esa población casi desaparecida se recuperara a partir de su magro diez por ciento sin que se perdieran un centenar de lenguas, sin exterminar pese a todo a los distintos pueblos o naciones, ya no digamos nahuas y otomíes, los primeros en recibir el impacto de la invasión y la conquista, sino tantos más que sobrevivieron al periodo novohispano hasta el presente. Sólo en ciertas regiones de país actual la aniquilación de los indígenas fue casi absoluta, como la Gran Chichimeca y las vastedades del norte. Y aun así los rarámuri, yaqui y otros poseen el presente con intensidad. Y en pleno siglo XX los devanecientes pueblos bajacalifornianos residen próximos a una gran población indígena migrante y jornalera.
Si casi desaparecen, entonces ¿de dónde salió tanto indio y tan diferenciado? ¿Cómo aguantaron el warfare químico, el de la espada, el de la cruz, el de la lengua y las costumbres? La colonización interna posterior a la independencia también los orilló al exterminio y la negación de una civilización que 150 años después Guilermo Bonfil seguía llamando “negada”.
¿Cómo explicar que en pleno siglo XXI se conserven vivas unas 70 lenguas completamente distintas y con variantes dialectales bien reconocibles?
¿Qué secreto guardan para esa renovación incesante teniendo todo en contra? Ello, en el contexto de la integración a la “sociedad nacional”, la “mexicanidad”, promovida por el Estado del siglo XX y lo que va del XXI. El discurso es más favorable que antes, pero tan ideológico e institucional como durante el priísmo que estableció el sistema del “recurso” monetario como palanca del bienestar. Existe un corporativismo en las clases trabajadoras y campesinas reciclado a lo largo las décadas y los sexenios.
Urbanización agresiva y permanente, desarrollos turísticos, vastos sistemas de vías de comunicación, acaparamiento o comercialización de los recursos naturales, políticas educativas integracionistas y no pocas veces desintegradoras. En tiempos recientes los pueblos han conquistado visibilidad y respeto como nunca antes, no por dádivas del Estado sino por luchas, resistencias y negociaciones que nunca son fáciles para ellos.
Otro siempre ha sido la falta de reconocimiento para las prácticas agrícolas, ambientales y medicinales de estos pueblos en permanente proceso de despojo y desplazamiento tanto físico como cultural. Dicho así, cualquiera pensaría que estos pueblos se la pasan perdiendo, atrapados en la fatalidad cíclica de los vencidos.
Si aquí siguen y se mueven pese a todo, si resisten, crean nuevas formas de gobernarse aprendidas de los antepasados, de la tradición y la experiencia. En fin, si conservan sus dones y luchan por preservar sus lenguas sistemáticamente amenazadas, más bien resultan victoriosos. Vencen más allá de la muerte porque viven. La autonomía, la autodeterminación, las posibilidades de los cuidados y la defensa creativa del Común como sostienen hoy los mayas de Guatemala y los zapatistas de Chiapas. La apropiación del alfabeto latino, de las tecnologías en evolución continua, las plataformas para el registro documental y la comunicación a escala global.
La lectura que hacen hoy los pueblos originarios de lo que sucede y convulsiona al mundo viene de la lucidez sencilla pero probada de los que siempre han logrado resistir y permanecer. En la hora negra que atraviesa el hemisferio por el recrudecimiento imperial del capitalismo, es necesario respaldar la persistencia y escuchar la sabiduría de los pueblos del mar, los ríos y la tierra en el continente.
- Para descargar el suplemento (PDF), haga clic en el siguiente enlace:
Fuente: Suplemento Ojarasca, La Jornada