Suplemento Ojarasca #346

Idioma Español
País México

En una época dominada por la mentira son reconfortantes y admirables los rostros de la tradición y la resistencia, tanto en la imaginación ritual como la realidad más lacerante. El común, la solidaridad, la conjugación simultánea de los tres tiempos: pasado, presente y futuro. Bajo la premisa de lo verdadero, los pueblos saben dar la cara.

UMBRAL | LOS ROSTROS DE LA VERDAD

Cuando los pueblos originarios dan la cara, la dan con todo. No necesitan enseñarla. Las máscaras, el paliacate y el pasamontaña comparten esa invisibilidad visible con los borrados de “La Judea” en Semana Santa y “las vestidas” del carnaval. Significan y expresan tanto o más para la historia de México que los incesantes rostros desnudos de políticos y caudillos que no han hecho sino traicionarlos, incumplir su palabra empeñada, criminalizarlos, negarlos, carranzeárselos, engañarlos.

Nada los disfraza. Son siempre lo que son. Cuando se manifiestan como pueblo hablan en colectivo, constituyen comunidad, su rostro es el conglomerado de hombres y mujeres que defienden un río, un lago, un llano, un bosque, un cerro, un barrio, un desierto, una playa, un sitio sagrado. Por eso el enemigo que los busca los encuentra. Ya ven cuánto defensor ambiental o de la autonomía ha caído en lo que va del siglo.

Cubierto o no, el rostro es resistencia en guardias comunitarias y de bosques, consejos autónomos, topiles, policías comunales o regionales; hay incluso un ejército de liberación nacional. Sus rostros son el común y cada uno tiene su nombre. Varios millones de ellos todavía se pronuncian a sí mismos en su lengua originaria, además de la lengua franca que comparten con el país. Cuando es necesario, es en su idioma propio que dan la cara.

Para las comunidades y los pueblos todas las guerras son la misma desde el siglo XVI. Sea militar, contrainsurgente, despojadora, depredadora, narcoarmada, represiva. La resistencia sucede en la guerra, en la paz y en la fiesta. La herencia antigua, de piedra y barro, de los pueblos originarios consiste en rostros. Antiquísimos olmecas, señores y soldados mayas, prisioneros chichimecas, sacerdotes zapotecas, deidades huastecas y aztecas. Las miniaturas de Jaina, las caritas sonrientes del Golfo, los monolitos y las estelas de la selva. Hombres que son jaguares, mujeres que son aves, hermanos que son murciélagos. La lluvia en boca de Tláloc. La imponente maternidad de Coatlicue. Siempre dan la cara.

La evangelización impuesta con cruces y espadas permitió en ocasiones a esos rostros asomar en alegorías cristianas, viñetas conventuales y excepciones fulgurantes como la iglesia churrigueresca de Tonanzintla, compacta Capilla Sixtina de caras hechas y coloreadas por manos indígenas.

Lo entendieron muy bien los precursores y sobre todo los creadores de la Escuela Mexicana de pintura, escultura y gráfica del siglo XX tras la sacudida revolucionaria. Poblaron muros y fachadas de oficinas, teatros, parques, escuelas, hospitales y mercados. Se multiplicaron en lienzos, volantes y carteles. Rostros y más rostros indígenas en toda guisa. Fotógrafos y cineastas se sumaron a la cacería de rostros. No sólo buscaban folclor y pintoresquismo, había interés genuino, denuncia, descubrimiento. Los Indios Verdes, La Flor Más Bella del Ejido, el Águila que Cae, Emiliano Zapata.

Proliferó una galería sin fin de mujeres de la selva y el desierto, hombres usados como mulas o mendigos, figuras dolientes, danzantes, hieráticas, en trance. Indios e indias dando la cara verdadera, aun enmascarada, maquillada o encapuchada. Diablos, tecuanes, franceses, chinelos, tlacololeros.

La pléyade moderna de grandes retratistas supo bien que la verdad está en los ojos, en la voz, en la larga memoria de esos rostros desafiando a los poderes y apelando a la Nación que los usa como coartada ornamental de la “identidad”.

Los 30 años de la firma de los primeros, y a la postre únicos, acuerdos de San Andrés en los Altos de Chiapas, sirven para recordar que todos aquellos rostros de los pueblos, en pasamontañas y paliacates los insurrectos zapatistas, o con la cara lisa los representantes de otros pueblos originarios del país eran verdaderos. No obstante, los políticos y los partidos políticos les quisieron ver la cara (no solo en el sentido figurado). El gobierno se hizo el borrachín para desentenderse.

Pero lo que se recuerda, lo que está grabado en la memoria histórica y comunitaria, está dicho y escrito en los rostros de las representaciones indígenas en ese momento. La galería periodística de entonces sirve también para reconocer a los que se rendirían más adelante para pasar al flanco de los políticos profesionales. Los rostros de la verdad avergonzarán por siempre a los traidores. Dar la cara es una responsabilidad, y los pueblos la dan con todo para que valga.

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Fuente: La Jornada

Temas: Defensa de los derechos de los pueblos y comunidades

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