Suplemento Ojarasca #347
"En la concepción del bats’ivinik el sujeto suele ser el que actúa para el objeto, el que determina con el otro existente en su entorno, como el producto de su obra, que no se iguala como él, aceptándolo con armonía para el uso en el trabajo, que él convive, según sea su naturaleza".
De cómo viven la naturaleza, y en general la existencia las personas de pueblos originarios que nacieron y han vivido en las comunidades. El efecto que tiene en ellos lo que ven, las distancias, los cerros, la vegetación. Los sonidos del campo, cantos, mugidos, airones. Aromas y fermentos, alivios al ánima. Tocar la tierra, trabajarla. Comer de ella. El filósofo bats’ivinik Miguel Hernández Díaz expone inmejorablemente:
“… los originarios ofrecen el corazón por la vida natural, la conformación entre la existencia física y el gozo espiritual por su origen ontológico como ser humano. El organismo percibe la vitalidad por el aire, a través de la piel es que penetra en el cuerpo, con la frescura alienta los pulmones y los poros, donde filtra el aire para la vida y desde el corazón da toda la integridad del cuerpo. Los cabellos gozan por la maniobra del aire; igual los ojos disfrutan por la percepción de la hermosura de los bosques. Con las manos palpan a las hierbas con sensación de que le resucitan la vitalidad del cuerpo. Con el gusto siente el sabor de algunas plantas comestibles que nutren el cuerpo. Con la audición escucha el ruido de la naturaleza en el que percibe los ecos del viento de las montañas”.
Semillas, lugares sagrados, arqueología comunitaria, juventudes rurales. Deseo, dolor y muerte. Y la necesidad de entender, a salvo de la retórica oficial y el buenaondismo, por qué los pueblos luchan y no dejan de hacerlo. ¿Qué impulso vital los mueve?
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Fuente: Suplemento Ojarasca, La Jornada