Suplemento Ojarasca #351

"Sólo abrazando el común, la solidaridad soberana, la lucidez humanista y el compromiso con la justicia, los pueblos de América se sobrepondrán a la noche oscura de la ultraderecha continental".

UMBRAL | ABYA YALA ANTE EL COLONIALISMO Y LA ULTRADERECHA RAMPANTE

Se ciernen grandes nubarrones sobre los pueblos originarios del continente. La avalancha electoral ultraderechista que recorre las Américas, operada desde Washington y Tel Aviv, no sólo exhibe el fracaso del reformismo populista y progresista de las izquierdas descafeinadas; también responde a los vientos crueles que recorren el planeta en 2026, gobernado por lunáticos, criminales de guerra, pedófilos, gesticuladores religiosos, la industria armamentista y sus narcoempresarios en el contexto de una Unión Europea en decadencia grave y una Unión Americana deteriorada hasta la médula, a merced de fanáticos y corruptos millonarios autistas.

Si a contextos nos vamos, el abismo se amplía con el genocidio que cometen el Estado de Israel y todas las fuerzas armadas de dicho país, donde es obligatorio pertenecer al ejército y obedecer las órdenes de sus mandos. Ante ellos, Palestina, un pueblo inerme, un Estado negado, sufre el acoso terminal del país contiguo donde todos son militares y matarán al palestino que se les atraviese.

Sumemos las interminables guerras civiles y del crimen organizado en el centro de África y la degradación de la condición humana que provocan en Sudán o el Congo. La guerra intercapitalista que Europa libra en Ucrania contra Rusia y sus aliados es de otra índole y va en la cuenta del hundimiento titánico de Occidente, con sus “democracias” en ruta al autoritarismo policial (y pro sionista) principalmente en Gran Bretaña, Alemania e Italia, pero en consenso con los demás, salvo pálidos contrapesos declarativos (España, Noruega, a ratos Francia).

Vivimos una era de colonialismo desatado y transversal. Estados Unidos renunció al poco pudor que le quedaba. Hoy como nunca interviene políticamente en todos los países del continente. Y lo hará militarmente si se le pega la gana. Socava la unidad de Canadá en Alberta, amenaza con apropiarse de Groenladia y, con Cuba en ascuas, gobierna de facto en Venezuela, Honduras, Ecuador. Cuenta con nuevos gobiernos electos, dóciles y aliados en Chile, Perú y Panamá. Añádanse los gobiernos ultraderechistas, abierta y vociferantemente pro israelíes y sionistas en Argentina, pronto en Colombia, y la peligrosa oposición derechista en Brasil.

Ante tal conjunto de circunstancias, los pueblos originarios son considerados estorbos o peligros por los Estados nacionales, que en la hora presente ejercen un racismo más abierto que nunca. Un clasismo descarado. Un autoritarismo sin contrapesos. En los países andinos y sobre todo el extremo sur se les persigue como “terroristas” cuando protestan o resisten. Lo que pretenden los Estados nacionales, y en el fondo real el capitalismo global, son los territorios de los pueblos, sus riquezas naturales.

Sobre las amenazas cumplidas, y las pendientes, de desalojo, extraccionismo, manipulación religiosa y genocidio “blando”, les caen las afectaciones ambientales por el desquiciamiento global de un planeta hipercontaminado que se calienta, enfría, seca e inunda a escalas inusitadas. Los pueblos originarios y campesinos que viven todavía y resisten, desde el Polo Norte inuit hasta la Araucanía mapuche son la última barricada y la última frontera de la Madre Tierra, la Pachamama.

Bajo esta perspectiva México pareciera una isla, una excepción, una boya de flotación. Ojalá lo fuera. Si bien los discursos y los programas asistenciales proclaman la diversidad, la pluralidad, la inclusión, en el terreno de la realidad el despojo, la violencia y el deterioro ambiental progresan como en cualquier otra parte del continente rendido. Por todas partes asoman autopistas, megaproyectos, urbanizaciones, gentrificaciones, extractivismos voraces que atropellan a los pueblos que habitan y trabajan los territorios a expoliar. Las mismas transnacionales, los mismos agentes estadunidenses, los mismos agentes de Israel y sus respectivas firmas operan abiertamente en Chiapas, Chihuahua y casi todo el país.

Todo para terminar mencionando la verdadera raíz del padecimiento continental: la conversión criminal de la economía legal y la vida cotidiana en regiones enteras. El llamado crimen organizado opera al interior de empresas e instituciones. Mientras las policías de México y Estados Unidos se ufanan de sus capturas, de la eficacia de sus “combates” a la delincuencia y su paradigma simbólico —el trasiego de drogas—, las redes de violencia y corrupción se extienden en múltiples direcciones. Una crisis permanente de feminicidios, desapariciones, fosas, explotación sexual y tráfico de menores descompone cualquier democracia.

Lo vemos en México y todo el sur latinoamericano: las iglesias proselitistas y los partidos políticos pavimentan el despojo; su efecto divisorio funciona siempre. Especial mención merecen las denominaciones cristianas no católicas que se declaran sionistas o respaldan a Israel en base a lecturas viciadas y viciosas del Antiguo Testamento, adoptando ideologías individualistas y desnacionalizadoras de directa inspiración blanco-estadunidense, ligadas a los servicios de inteligencia y la maquinaria propagandística y acultural de Estados Unidos. Curiosamente, el Jesucristo de los Evangelios no parece influir en estos cristianos, ajenos a cualquier solidaridad comunitaria.

Aquí están los centenares de pueblos originarios, campesinos y afromestizos, acosados por la agronomía industrial de transgénicos, agrotóxicos, monocultivos a gran escala, tanto como a la minería a cielo abierto, el fracking, el saqueo hídrico y la engañosa industria turística ecocida y etnocida que enajena franjas “valiosas” del territorio común en nuestros países.

No es momento de ceder cuando muchas batallas parecen perdidas. Abrazando el colectivismo, el común, la solidaridad soberana, la lucidez humanista y el compromiso con la justicia, los pueblos de América se sobrepondrán a la noche oscura de la ultraderecha continental. Hubo un ciclo de dictaduras militares hace medio siglo y fue vencido. Este nuevo ciclo de la reacción y el colonialismo lo será también si los pueblos nacionales se mantienen organizados y no bajan los brazos.

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Fuente: Suplemento Ojarasca, La Jornada

Temas: Defensa de los derechos de los pueblos y comunidades, Extractivismo

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