Suplemento Ojarasca N° 166
A la percepción contagiosa de que estamos atrapados en la descomposición de esto y aquello y ni modo. Y a la sospechosa lluvia de dólares que mantiene a flote las arcas de un próspero gobierno de guerra a la medida del de Washington, que a eso se dedica.
A la cadena de calamidades que nos abruma los días y nos roba las noches es que habla el sorpresivo despertar de la población en Egipto en enero de 2011. Los estudiantes, los trabajadores, los profesionistas, los desempleados, las madres de familia, le ponen fin a treinta años de miedo, inaugurados con el asesinato del presidente Sadat y la implantación en 1981 de un “estado de excepción” que nunca fue levantado; se convirtió en el modus operandi de un gobierno corrupto, autoritario y represor.
Que le costara tantas décadas reaccionar a un pueblo que, al igual que el mexicano, no merece los gobiernos que ha padecido desde el siglo pasado, también debe alertar sobre el peligro de que un pueblo se acostumbre a la derrota, lo cual suele ser el salario neto del miedo.
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