Sed en los surcos: la lucha campesina contra la sequía en Patzicía
Bajo el sol seco de Patzicía, Chimaltenango, los agricultores miran al cielo mientras el polvo cubre las milpas amarillentas y los pozos reducen su fuerza a menos de una hora de bomba al día. La falta de lluvias golpea directamente a quienes siembran sin sistemas de riego, dejando parcelas enteras a medio crecer y a familias completas gastando hasta Q350 por pipa para salvar apenas un tramo de hortalizas.
A paso lento entre los surcos, el maestro y agricultor Rolando Gabriel Pichiyá señala los cultivos de maíz y hortalizas en los linderos, recordando cuando las especies nativas de árboles como el tz’ikab’ mantenían frescos los nacimientos de agua. Hoy, el avance de las parcelas comerciales y la tala sin control dejaron al descubierto un terreno barrial donde la siembra tradicional ya no encuentra de dónde sostenerse.
En Patzicía, Chimaltenango, el profesor Pichiyá divide sus jornadas entre el azadón y las pantallas: siembra frijol en la milpa y produce contenidos para redes sociales dirigidos a enseñar la lengua materna como el kaqchikel. Pichiyá busca que las nuevas generaciones reaprendan la pronunciación, los nombres de la siembra y la memoria oral de los abuelos que se va perdiendo con el tiempo.
“De ahí somos y hay tanto conocimiento en la oralidad; eso es lo que intento recopilar”, señala el maestro, quien sostiene que el idioma no solo se aprende en los cuadernos del aula, sino en el trabajo de la tierra y en las pláticas diarias con la gente del pueblo.
El nivel de los pozos se desploma en los campos
En los campos de Patzicía y la región, la escasez de agua comenzó a recortar las horas de riego y a golpear el bolsillo de las familias agricultoras. Aunque Pichiyá solo cultiva milpa y frijol, ve de cerca la preocupación de quienes producen la hortaliza que abastece a varios países centroamericanos. Mi pozo me alcanzaba para tres bombas de día y de noche, pero ahora ya solo aguanta medio día, una hora o 40 minutos, le cuentan los vecinos al ver cómo los pozos se van secando y las cosechas se pierden, encareciendo la verdura en los mercados.
Entre rezos para que caiga la lluvia y la resignación de dejar la siembra a la voluntad de Dios, en las comunidades queda claro que la fe ayuda, pero la falta de agua y de acciones concretas ya tiene en aprietos a quienes viven de la tierra.
La bajada de los pozos ya pasó de ser un rumor a una crisis cotidiana para los agricultores que exportan hortalizas desde la región hacia Centroamérica. Aunque en su parcela Rolando Gabriel únicamente siembra milpa y frijol, ve cómo a sus vecinos se les apaga la milpa por falta de riego.
Antes los pozos que abastecen de riego los cultivos duraban más tiempo, pero con el paso de los años y las sequías prolongadas han minimizado los caudales.
Sin agua suficiente, la verdura no se logra, los costos en el mercado se van para arriba y a quienes no tienen sistema de riego solo les queda esperar la lluvia o resignarse a la voluntad de Dios, en un pueblo donde la fe acompaña, pero la falta de lluvia ya aprieta el estómago, enfatizó el docente.
La sequía prolongada comenzó a doblar hasta las milpas más aguantadoras, secando los sembradíos de brócoli y maíz que antes resistían el sol de la canícula. Rolando Gabriel camina entre los surcos y observa el terreno barrial para mostrar cómo las plantas ya no encuentran fuerza en la tierra. Aquí los únicos cultivos que han sobrevivido son los de quienes tienen pozos para sacar agua, pero ni esos pozos aguantan tanto tiempo porque el caudal ya bajó, advierte el agricultor al confirmar que las pérdidas golpean parejo a todos los productores y que la cosecha de este año no alcanzará los niveles de siempre.
En las parcelas del municipio, la búsqueda de agua se ha vuelto una carrera contra la sequía que obliga a los agricultores a perforar cada vez más hondo. La comunidad ha calculado que apenas un 60% de los productores cuenta con pozo propio para regar, mientras que la mayoría de pequeños agricultores que siembran maíz y otras hortalizas dependen enteramente de lo que caiga del cielo.
Hace poco estaban cavando un pozo cerca y los señores decían que iban por los 35 metros, pero como el caudal baja, le siguen rascando a la tierra para hallar agua, relata el maestro y agricultor, quien advierte que la naturaleza misma está dando señales claras sobre el límite al que están llegando los mantos acuíferos de la región.
El costo de salvar la siembra: Pipas, deudas y especulación
A la orilla del camino se nota la diferencia entre parcelas: mientras en un lado las milpas apenas crecen por haberse sembrado en otra fecha, en el otro tramo la planta ya empezó a jilotear y florear justamente en el momento en que más agua necesita para cuajar el grano.
Sin embargo, ante la falta de lluvias, la milpa entra en agonía y deja ver las huellas de una canícula que no da tregua. Un señor muy atento a la producción me decía que si antes se sacaban unos 12 quintales de maíz donde se da bien la cosecha, ahora si mucho se van a cosechar unos tres, cuenta Rolando para ilustrar la caída estrepitosa del rendimiento en el campo, advirtiendo que, si la lluvia no llega pronto, la cosecha familiar se reducirá a menos de la mitad.
Ante la falta de lluvia y el bajo nivel de los pozos, la desesperación por salvar la milpa ha llevado a varios agricultores de Patzicía y Patzún a recurrir a la compra de agua en pipas y camiones repartidores, donde cada pipa tiene un costo de Q350.
En algunos sectores del municipio, vecinos con capacidad económica han comenzado a instalar sistemas de cinta de goteo en el maíz, una técnica reservada habitualmente para las verduras comerciales. Es una alternativa para el que tiene cómo comprar el agua y poner la red de riego, pero no todos tienen esa posibilidad, señala Pichiyá al describir el enorme esfuerzo económico que implica sostener la siembra familiar cuando la naturaleza se niega a llover.
Comprar pipas de agua para salvar la siembra vino a descuadrar de inmediato el presupuesto de los agricultores, sumándose a los costos que ya de por sí implica mantener un pozo, como el pago de energía eléctrica y el mantenimiento de las bombas. Rolando cuenta que este gasto imprevisto atiza el golpe económico sobre los hogares de la comunidad, donde los costos de producción se han elevado drásticamente. Si no duplicó los gastos, por lo menos ya le sumó una carga más a lo que normalmente se invierte, enfatizó Pichiyá al explicar cómo la sequía termina afectando directo el bolsillo y la comida de las familias campesinas.
Crédito: Joel Solano
Aumento de costos
El aumento de costos se concentra sobre todo en el riego necesario para mantener cada cuerda de cultivo, golpeando la economía de los productores locales antes de que salga el nuevo grano o la hortaliza. Sin embargo, en los mercados la especulación ya comenzó a sentirse, generando malestar en las familias al ver incrementos en el precio del maíz, que se cotiza en 400 quetzales el quintal de maíz criollo y el maíz mexicano a 200, acumulado de ciclos pasados. Todavía ni siquiera es la cosecha de este año como para que le estén subiendo, señala Rolando al cuestionar la falta de conciencia social de algunos comerciantes que aprovechan la incertidumbre para sacar ventaja, ignorando la necesidad apremiante que vive la población golpeada por la sequía.
Frente a la crisis en los campos, la falta de orientación oficial y la ausencia de apoyo gubernamental dejan a las comunidades en una constante incertidumbre. Mientras los técnicos de los agrocomerciales impulsan la semilla mejorada como supuesta salida a la sequía, entre los vecinos crece el recelo sobre las secuelas que estas variedades puedan dejar en la salud de la niñez y en la fertilidad de la tierra a largo plazo.
No se escucha que las autoridades estén preocupadas ni que haya un apoyo claro para la gente; si llega a venir alguna ayuda, sabemos que no va a ser para todos, señala Pichiyá al denunciar cómo la urgencia del momento es aprovechada por el mercado para introducir semillas ajenas al territorio, dejando a las familias campesinas solas frente al compromiso de alimentar a sus pueblos.
Crédito: Joel Solano
Bosques que atraen agua y el rescate de lo propio
La pérdida de masa forestal en los terrenos comunitarios ha ido cambiando el clima de la zona, desplazando el frescor matutino que solían conservar las áreas boscosas. Pichiyá señala el espacio que lo rodea para explicar cómo el crecimiento de las familias y el reparto de herencias han llevado a la tala por necesidad, aunque destaca la reacción de los propios vecinos al ver que ya tienen listos los retoños para resembrar donde se botaron árboles.
“Donde hay árbol hay sereno y se siente lo fresco en la mañana; la presencia del árbol en un terreno es clave”, enfatizó Pichiyá, quien remarca que tanto la deforestación local como el impacto ambiental de las industrias lejanas terminan cobrando factura en el entorno natural del municipio.
La siembra planificada de árboles y el rescate de la sabiduría comunitaria se perfilan como las únicas rutas claras para frenar el deterioro de las fuentes de agua en el municipio. Rolando Pichiyá propone que tanto los grandes propietarios como las autoridades locales financien y den seguimiento real a las reforestaciones, evitando que los arbolitos se mueran por abandono, mientras a nivel personal asume el compromiso de destinar un terreno familiar para este fin.
Crédito: Joel Solano
Desde los pueblos originarios siempre se han resguardado los nacimientos de agua sembrando especies que atraen el vital líquido, como el tz’ikab’ y el ox, que son árboles que ayudan a que haya agua en los nacimientos o permiten más precipitaciones, pero la ambición por sembrar cada rincón del suelo hizo que los botaran, enfatizó Pichiyá, recalcando que es urgente llevar esta plática a las familias, iglesias y asambleas para que la juventud y la niñez aprendan a cuidar el territorio antes de que sea demasiado tarde.
El dolor de ver quemarse la siembra: La voz de Andrés Raxaj
A sus 75 años como agricultor y a una vida entera dedicada al campo, don Andrés Raxaj originario de Patzicía contempla con dolor los surcos donde el maíz se va secando antes de dar fruto. Muestra con la mano las hojas marchitadas y amarillentas de sus plantas para dar cuenta del golpe que sufren las familias campesinas en esta temporada.
Vamos perdiendo porque no crece; mire cómo está este, ese ya no va a dar porque ya está quemado todo, lamenta don Andrés al recordar que cada jornada sobre la tierra requiere un esfuerzo y una inversión económica que no se recuperan fácilmente. Frente a la incertidumbre del clima, no le queda más que esperar a que el cielo responda: “Estamos preparando para ver si Dios quiere que caiga el agua, y si no, ahí se queda todo el trabajo de este año”, señala con una mirada preocupada al ver la situación.
El intento por salvar la siembra de repollo terminó convirtiéndose en un abismo económico ante el alto costo del agua en la región. Para evitar que la cuerda cultivada se perdiera por completo, la compra de pipas pareció la única salida inmediata, aunque la realidad del bolsillo pronto frenó el intento. Traté de regarlo con pipas de agua, pero cada una me costaba 350 quetzales y es difícil costear eso, cuenta Raxaj al describir el fuerte desembolso que implica mantener viva la hortaliza sin riego propio. Al final, la falta de recursos para seguir comprando el líquido deja al agricultor y a las familias campesinas en la misma encrucijada de siempre: cruzarse de brazos a esperar la voluntad de las nubes o ver cómo se echa a perder todo el esfuerzo invertido en la tierra.
El precio de las hortalizas en el mercado cambia según la temporada, pero las pocas ganancias quedan fuera del alcance de los pequeños agricultores que siembran únicamente a la atenta humedad de la tierra. Raxaj recuerda cómo los comerciantes prefieren la verdura grande y bien formada que proviene de las parcelas con riego, dejando rezagada la siembra campesina que se detiene por la sequía. Ahorita sí subió el repollo, pero la gente busca redes de 10 o 12 bolas para comprar; vienen a ver lo de nosotros y dicen que está muy chiquito y que así no se vende, indica don Andrés al retratar la desventaja comercial que enfrentan frente a quienes tienen pozos, viendo cómo la falta de agua les arrebata la oportunidad de aprovechar los buenos precios de la plaza o mercados.
En el campo, el trato para vender las hortalizas se hace comúnmente por extensión, pero la falta de lluvia achica la verdura y desploma su valor en la parcela. Hay una enorme brecha monetaria entre el repollo que logra buen tamaño y el que se queda pequeño por la sequía.
Una cuerda con verdura grande se cotiza hasta en 40 mil quetzales, mientras que por la pequeña ofrecen una miseria si es que se la quieren llevar. Como la gente solo busca grande, por la pequeña ya no pagan bien; le pagan a uno 5 mil o 6 mil quetzales por cuerda porque es muy pequeña, si es que la quieren, si no ni se la llevan, enfatizó Raxaj.
Crédito: Joel Solano
Las pérdidas se extienden a lo largo de las parcelas, afectando no solo al repollo sino a otros cultivos familiares como el güicoy, habas, brócoli, ejotes, papas, zanahorias, entre otras hortalizas que no aguantan el calor.
Raxaj cuenta cómo gastó en dos camionadas de agua de 350 quetzales cada una para tratar de refrescar la siembra cuando esperaba la lluvia en mayo, pero admite que la tierra no sintió el riego y la planta apenas dio fruto. Sembré mi cuerda de güicoy y dio poco porque la sequía se lo llevó; cuando hay agua uno dilata un mes o dos meses cortando y cortando, pero ahora con dos o tres cortes se terminó todo, indica Raxaj al contemplar el estado de la milpa vecina y ver la gravedad del momento.
Así como estamos ahorita, estamos fregados por la tierra y la siembra; si esto sigue así, ya no va a dar nada. Y no tendremos cómo abastecer ni a nuestra familia, señala Andrés al observar el incremento en las temperaturas y viendo a los cielos esperando que llueva, para intentar sembrar nuevamente si caen las lluvias.
Actualmente, según el Ministerio de Agricultura, existen 135 municipios con afectaciones agrícolas, que se han declarado en alerta roja o anaranjada y se prevé que este número crezca. Uno de los cultivos más afectados es en granos básicos, sobre todo en el maíz.
Ríos secos, pozos privados y la brecha del arrendamiento
La incertidumbre por la escasez hídrica se ve en el trabajo en las parcelas, donde el esfuerzo de semanas puede quedar reducido a nada si el tiempo no cambia. Raxaj expresa el desvelo constante de ver cómo las inversiones en el terreno se esfuman al depender únicamente del invierno: ahí se termina todo, no ganamos nada esperando solo a que caiga la lluvia, porque la verdad es que, si compramos agua, ¿qué tal si después ya no hay?
La preocupación de Raxaj coincide con los relatos de otros jóvenes agricultores que explican cómo conseguir el recurso se ha vuelto cada vez más difícil, obligando a algunos a viajar hasta nacimientos o ríos alejados para acarrear un poco del líquido y abastecer su parcela, una travesía desesperada que incrementa los costos de producción y agota las pocas ganancias de la cosecha.
La sobreexplotación de las fuentes naturales ha transformado el paisaje de las comunidades, donde los cauces que antes alimentaban a todos terminaron secándose por la extracción sin control. Andrés recuerda que abajo de su parcela corría un río abastecido por un nacimiento, pero al comenzar el uso masivo de bombas y sistemas de riego, el agua se agotó por completo.
Todos lo jalaron para allá y se secó el nacimiento, en el río ya no cae nada de agua, señala Raxaj al describir cómo los agricultores jóvenes han tenido que perforar pozos a la orilla del cauce seco y tender hasta seis o siete tiros de manguera para llevar el recurso hacia terrenos lejanos. Esta competencia por el líquido acentúa la brecha en el campo, pues mientras unos pocos logran cosechar algo tras realizar fuertes inversiones en tubería y equipo, las familias que alquilan la tierra se quedan sin posibilidad de competir ni de salvar sus alimentos.
A las dificultades del clima se suma la carga de arrendar el suelo, un pago anual que asfixia a los productores cuando la tierra no responde. Andrés Raxaj paga 1,200 quetzales al año por cada cuerda, que ni son tierras húmedas sino tierras barriales, un precio relativamente bajo en comparación con los 3,000 quetzales que cobran otros propietarios en los alrededores, pero aun así difícil de sostener cuando la cosecha se pierde.
Muchas veces nos han querido subir porque dicen que cobramos muy barato, pero yo le digo a la dueña que no puede comparar este terreno con el del plano; allá la tierra es húmeda y aguanta, pero aquí es pedregal y se seca rápido, indica Raxaj al explicar la realidad de cultivar en laderas, donde la sequía no da tregua y la falta de humedad convierte el alquiler en un gasto casi imposible de recuperar.
En el municipio, la brecha se profundiza entre quienes logran arrendar parcelas con pozo propio y quienes siguen dependiendo de la buena voluntad del tiempo. Mientras algunos arrendatarios pagan entre 4 mil y 5 mil quetzales anuales por una cuerda de terreno que cuenta con agua garantizada para el riego, esa cifra resulta inasumible para la mayoría de pequeños productores que carecen de capital para competir en esas condiciones.
Sin recursos para instalar bombas o pagar esos costos, las familias campesinas se ven obligadas a trabajar en parcelas de menor precio, terrenos pedregosos y secos donde siembran a la suerte de las nubes cosechas de remolacha, zanahoria, haba, frijol y güicoy.
La fuerte dependencia que miles de agricultores tienen de las lluvias para abastecer tanto a los mercados locales como a las exportaciones en el extranjero amenaza con desatar una escalada de precios insostenible en las plazas de todo el país. Ante la falta de precipitaciones y el abandono estatal que sufren las comunidades rurales, el costo de la vida se encarece doblemente: las familias campesinas pierden el sustento de sus cosechas y los consumidores urbanos enfrentan verduras cada vez más caras. Esta crisis en el campo se suma al constante incremento en el precio de los combustibles y la canasta básica, creando un panorama crítico donde la escasez de agua en la tierra termina golpeando directamente el bolsillo y la mesa de todos los hogares guatemaltecos.
Las experiencias en los campos de Patzicía reflejan que la escasez de agua dejó de ser una amenaza lejana para convertirse en una realidad diaria que pone en riesgo el plato de comida en los hogares y el sostén de la vida comunitaria en Chimaltenango. Entre lo indicado por el maestro y agricultor Rolando Pichiyá sobre la urgencia de reforestar con árboles nativos y el cansancio de don Andrés Raxaj al ver quemarse sus hortalizas sin poder costear el riego, queda al descubierto el abandono histórico que sufren los pequeños productores frente al avance del mercado y la indiferencia de las autoridades.
Mientras en los surcos la gente sigue mirando al cielo con la esperanza de que vuelva el invierno, la resistencia campesina recuerda que defender la tierra, cuidar las fuentes de agua y mantener viva la memoria oral no son sólo tareas del pasado, sino la única garantía para que las futuras generaciones sigan teniendo qué sembrar y cosechar en sus propios territorios.
Fuente: Prensa Comunitaria
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