Derechos de la Naturaleza en tiempos de guerra
Las guerras contemporáneas han perfeccionado su capacidad de contabilizar la muerte. Se registran cifras de bajas militares y civiles, se identifica la infraestructura destruida, se construyen balances diarios y televisados que pretenden medir el alcance del horror. Sin embargo, esta precisión revela siempre un vacío: se oculta sistemáticamente la devastación de la tierra y los ecosistemas.
ACCIÓN ECOLÓFICA OPINA
La vida marina del Golfo Pérsico, aunque no tenga una biodiversidad exuberante en términos tropicales clásicos, sí es una biodiversidad especializada, resiliente y profundamente interdependiente. Es una lección de adaptación.
En un mar donde la temperatura puede superar los 35 °C y la salinidad es una de las más altas del planeta, hay arrecifes, que funcionan como nodos de biodiversidad. Las praderas y manglares se conectan con ellos en una red ecológica compleja donde cada elemento sostiene al otro. Los dugongos, parientes de los manatíes, pastan en las praderas; los peces se reproducen en los manglares; las aves dependen de las zonas intermareales. En el 2023 fue descrita una nueva especie marina en el Golfo Pérsico: la Salwa’s siren, un molusco parecido al caracol. Esto no solo nos demuestra que aún desconocemos el mar y sus habitantes, sino que abre preguntas sobre la evolución. La Salwa’s siren, no es solamente una especie nueva, es un nuevo género para la ciencia, una rama evolutiva interdependiente, con un proceso de adaptación evolutiva a condiciones extremas.
Los incendios petroleros, las refinerías bombardeadas, los oleoductos destruidos y los suelos impregnados de hidrocarburos no figuran en los balances oficiales. La naturaleza no tiene un lugar en la contabilidad de la guerra. No tiene registro, no construye una agenda de contención y definitivamente, no de reparación.
Desde mediados del siglo XX, los conflictos armados han estado atravesados por el control de reservas, rutas energéticas e infraestructura petrolera. El petróleo no es solo un recurso en disputa: es el combustible material de la guerra, alimenta tanques, aviones, logística militar, y al mismo tiempo es uno de los principales botines de guerra. La guerra se libra por petróleo, con petróleo y sobre territorios petrolizados.
Esta invisibilización responde a una lógica estructural: la naturaleza es tratada como un soporte sacrificable del sistema energético global. El petróleo, en este sentido, no solo organiza la economía, también la forma en que se distribuye la violencia. Hay territorios que pueden ser incendiados, contaminados o devastados.
Pero esta lógica no se limita a los escenarios de guerra declarada. Se reproduce, con otras intensidades temporales, con las economías extractivas en general, como son la minería legal e ilegal y la explotación petrolera. En estos territorios sacrificados, la violencia no desaparece: se normaliza.
Las explosiones en campos petroleros por las actividades de exploración sísmica, los “incendios permanentes” desde los mecheros, o los derrames accidentales o rutinarios, constituyen una forma cotidiana de agresión contra la naturaleza. No tienen la espectacularidad o el horror televisado de la guerra, pero sus efectos acumulativos son igualmente devastadores.
De manera similar, la minería reproduce una economía de guerra en los territorios: dinamita las montañas, envenena los ríos, reproduce la violencia armada en las zonas extractivas. En ambos casos -petróleo y minería- se trata de economías que operan mediante la transformación violenta de la materia viva en mercancía, sin cuestionar la estructura de acumulación y despojo que sostiene el extractivismo.
El petróleo ha sido históricamente un eje geopolítico de guerras y conflictos; mientras la minería, particularmente el oro y los minerales críticos, se consolidan como un activo estratégico que activa economías ilegales por su portabilidad y valor.
Desde los derechos de la naturaleza, un río contaminado por un derrame petrolero o por mercurio no es un recurso afectado, sino un sistema vivo vulnerado. Un bosque arrasado por la expansión extractiva no es una pérdida económica, sino una ruptura en la trama de la vida.
Reconocer esto implica también ampliar la idea de responsabilidad. No basta con identificar a quienes ejecutan la destrucción en territorio. Es necesario mirar hacia las cadenas globales de producción, consumo y financiamiento que la hacen posible. Implica agudizar la mirada desde el lugar de la explosión e integrarla con el sistema que la produce.
La guerra, aunque se nos presente como lejana, nos interpela de manera directa porque estamos atrapados en las mismas lógicas extractivas que la sostienen. No es un fenómeno externo: es la expresión más violenta de un sistema que organiza el mundo en función del control de recursos, territorios y energía.
Incluso en donde se han dado pasos históricos, como el reconocimiento de los derechos de la naturaleza, la lógica de la guerra no se desactiva. Persiste, se infiltra, se reconfigura.
El artículo 5 de la Constitución del Ecuador dice: “El Ecuador es un territorio de paz. No se permitirá el establecimiento de bases militares extranjeras ni de instalaciones extranjeras con propósitos militares. Se prohíbe ceder bases militares nacionales a fuerzas armadas o de seguridad extranjeras.”
A pesar de que el pueblo ecuatoriano se pronunció en contra de establecer bases militares extranjeras en el país el pasado 16 de noviembre, se han abierto acciones en el país, con la presencia del ejército estadounidense.
Fuente: Acción Ecológica
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