Cómo entender estos tiempos de autoritarismo y negacionismo climático

Idioma Portugués
País Brasil
Leonardo Melgarejo

En estos días acompañé la 1ª Conferência Internacional Antifascista Pela Soberania dos Povos. [la conferencia internacional antifascista por la soberanía de los pueblos]. Siento la necesidad de enterarme respecto de lo que los y las representantes de la sociedad organizada, de otros rincones del planeta, están percibiendo como alternativas para contener el empoderamiento de los agentes del fascismo y sus consecuencias entre nosotros.

REVISTA BIODIVERSIDAD #128

Confieso que preciso de algo así. Sin el auxilio de informaciones de buena fuente me percibo incompetente para interpretar lo que estoy viendo acontecer en estos tiempos que juntan autoritarismo con destrucción de la biodiversidad y negacionismo climático.

Esto no es sólo mi caso. La conferencia fue útil para muchos y vino en buena hora. En mi optimismo espero que las discusiones, más que apuntar caminos, ayuden a esclarecer los motivos, porque a gran parte (tal vez la mayoría) de las personas parece no importarles. Incluso hay muchas personas decididas a apoyar esas acciones que, en interés de una minoría, comprometen la vida de todos.

No me parece razonable que tanta gente ignore que las grandes tragedias ya no están restringidas a países, regiones o barrios situados lejos de nuestro propio ombligo. Ellas, las tragedias, están entre nosotros. Se trata de un nuevo patrón de realidad, donde avanzan los miedos, las angustias y una desesperanza que deforma las utopías de la juventud e inviabiliza la paz de ancianas y ancianos.

Tal vez por eso crecen los suicidios entre las personas con más de 60 años. El índice es ya 50% superior al que se observa en el resto de la población, mientras el negacionismo y la alienación se esparcen entre las juventudes.

En particular espanta aquella información de que a toda una generación de adolescentes brasileños (entre 16 y 24 años) le pareció razonable (según una encuesta de AtlasIntel/Bloomberg) sentir más temor ante una reelección de Lula (48,3 %) que ante la elección de Flavio Bolsonaro (25,6 %) en 2026.

Si tal investigación es correcta, requeriremos descubrir con urgencia los motivos que llevan a una mayoría (72% de la muestra encuestada) de brasileños y brasileñas que en veinte años estarán conduciendo este país, a desaprobar a un gobierno que nos sacó del mapa del hambre, que recuperó la credibilidad del país, controló la inflación, abrió los mercados internacionales, viene creando oportunidades de acceso a empleos, a la salud, a una casa propia y a universidades, abriendo espacios para una inclusión económica, política y social para millones de jóvenes y adultos.

¿Podría esto indicar un aumento de las demandas relacionadas con el autoritarismo? Parece que sí. Al final una interpretación posible es que las y los jóvenes están pidiendo una mano fuerte, autoritaria, comprometida con el control de los “otros”, capaz de sacar de la escena a los diferentes y “cambiar todo eso que está ahí”.

Son anuncios de que vamos hacia el fin de una era de encuentro y solidaridad que, con la evolución (y no supresión) del proyecto de Lula tendería a alcanzar, en oleadas crecientes, a los hijos y los nietos de generaciones históricamente desfavorecidas.

La pregunta es por qué los logros del gobierno de Lula, que vinieron después del desastre de los periodos de Temer y Bolsonaro, son vistos por nuestra juventud como inadecuados, irrelevantes o insuficientes. ¿Será que son interpretados a partir de filtros pro-fascistas, facilitados por errores de comunicación de los funcionarios del gobierno de Lula? ¿O se trata de una resistencia a madurar en la que (desde la perspectiva de la juventud) nada de eso importa?

¿Tal vez en esta generación las insatisfacciones, los miedos, el aislamiento y la percepción de las tragedias bloquean los estímulos generosos que implican medidas en pos de cambios que beneficien a todo el mundo? O quizá dejaron de existir aquellos impulsos revolucionarios característicos de la juventud? O estas juventudes simplemente perdieron el interés de mejorar el mundo y quieren vivir los buenos momentos que se les presenten, intentando hallar un rincón, un lugar que pueda llamar suyo, entre los opresores?

Si ésta es la realidad, la culpa es nuestra. Al final las fallas de los hijos o hijas son también los reflejos de las fallas del papá y la mamá. Mucha protección, mucho descuido, y todo aquello que no queríamos, que no permitimos o no supimos hacer.

¿O tal vez porque no hemos sido capaces de fomentar la formación de valores morales, elegir buenos representantes, plantear los retos adecuados, valorar las actitudes positivas para que en conjunto señalemos los caminos posibles?

El hecho es que la realidad cambió y en apariencia los y las jóvenes prefieren ignorar las tragedias que ya están ahí, y que están para quedarse.

Éstas ya no serán episódicas o localizadas. Pasarán a tener la condición permanente de hipocresías colectivas. Con la mercantilización de todo acabamos permitiendo la naturalización del deseo de participar en mecanismos que entrelazan el lucro derivado de la destrucción con el lucro que procede de la reconstrucción de lo que fue destruido. Territorios de muerte en vida, donde las familias y las naciones absorben, transforman o rechazan a quienes no consiguieron escapar.

Las personas y los países están operando en la lógica de las guerras de rapiña, en la justificación de robos, pillajes y genocidios, como ondas de colonización que reabren las puertas del infierno en la tierra. Y todo eso en medio de las crisis resultantes del calentamiento global.

Ahí está un patrón de comportamiento que es preciso que la juventud revise y corrija, antes de que sea demasiado tarde.

Esta semana nos enteramos de que desde el Protocolo de Kyoto y pasando por el Acuerdo de París, los países están dispensados de contabilizar el impacto de sus gastos militares relacionados con el calentamiento global. Eso significa que, en el concierto de las naciones implicadas en los debates y negociaciones para contener el calentamiento global, se admite que la lucha en defensa de la bioesfera no debe imponer límites ni responsabilidades a los señores de la guerra.

Y tan sólo eso ya tornaría urgente que hiciéramos lo posible por concordar con los y las jóvenes, multiplicando lo que pudiera haber de atractivo para ellos en los debates de fondo que están en el aire en la Conferencia Antifascista y por la Soberanía de los Pueblos.

Los gastos en armamentos, principal ramo industrial de los imperios con tendencias autoritarias, ya corresponden al 5.5% de todas las emisiones anuales de gases con efecto de invernado. El documento titulado El carbono de la guerra informa que eso apenas es lo relativo a la producción de armas. No incluye lo que pudiera asociarse con los genocidios, la devastación ambiental, la destrucción de obras físicas, las migraciones y todo aquello que sería necesario para la recuperación de los territorios arrasados (y para la reposición “mejorada” de los armamentos disponibles). Los 5.5% corresponden a centenas de millones de toneladas de CO2, más que las emisiones de Rusia, país que hoy ocupa el quinto lugar en el ranking de los mayores responsables del calentamiento global.

Para fijarnos tan sólo en tres ejemplos citados en el texto de Caetano Scannavino: el costo climático de la destrucción y la reconstrucción de Gaza (31 millones de toneladas de CO2), será superior a las emisiones de más de cien países; en el caso de la guerra en Ucrania (200 millones de toneladas de CO2,) el costo ambiental equivaldrá al total de emisiones necesarias para el rearme de la Organización del Atlántico Norte (OTAN); y por último, los gastos militares globales de 2024 (2.7 billones de dólares) corresponderían al doble del valor reivindicado por la ONU (en sus metas de la COP30 —1.3 billones de dólares anuales) para apoyar a las naciones más pobres en su combate al cambio climático.

Por tanto, una vez que los promotores de las guerras y del calentamiento global controlan las informaciones, y la distorsión de ellas altera la percepción de la juventud de nuestros pueblos, estos factores se potencian entre sí y no perderán, por sí mismos la fuerza destructiva que cargan. Tal vez no resta sino concluir que es hora de que los adultos se movilicen.

Avanzamos en la espiral del colapso climático sabiendo de antemano que sin la conciencia de la juventud, cualquier esperanza será nula.

Y esta toma de conciencia no ocurrirá mientras los jóvenes sigan prefiriendo una vida marcada por la intensidad de «diez años a mil» en lugar de la tranquilidad de «mil años a diez».

Ciertamente, precisamos capacitarnos para entender lo que está aconteciendo, buscar los conocimientos que no tenemos y arrimar las alternativas con las que podamos superar la inercia que nos colocó ante esta realidad. Las transformaciones deben comenzar en nosotros y la disputa ocurre en el campo de la información. Estamos siendo derrotados en la disputa de las comunicaciones que definirán cómo podremos reinventarnos para contactar mejor con la generación a la que contribuimos a descarrilar y que sin duda va a sustituirnos.

En la Conferencia Antifascista fueron discutidos muchos asuntos con una multiplicidad de subtemas. Estas discusiones relacionaron biodiversidad, agua, ciencia digna, reforma agraria. Y una lucha de todos y todas, que es la lucha contra el negacionismo climático y por el despertar de la juventud contenida dentro de las personas de todas las edades.

De hecho, como se apuntó en la Conferencia, la complejidad de las crisis actuales se volvió mayor por el ocultamiento de lo obvio: el capitalismo (o el capitalosceno, para trabajar con la idea de una nueva era geológica donde menos del 1% de la humanidad controla las fuerzas destructivas que lo amenazan todo) precisa ser considerado en todas sus expresiones. Esto implica al patriarcado, al racismo, la homofobia, el machismo, el esclavismo y todas las formas de la discriminación. Implica las diferenciaciones construidas para garantizar que se expandan las exclusiones, rompiendo articulaciones esenciales para el equilibrio de la biosfera.

La superación de este momento histórico no será alcanzado deponiendo a los más poderosos con armas de guerra. Ellos están mejor armados, cuentan con el apoyo de recursos privilegiados de la tecnociencia, de los medios digitales y de la servidumbre acrítica de multitudes capturadas por el ilusionismo y el atractivo de las migajas.

Las transformaciones exigen que avancemos en la conciencia de que estamos ante un nuevo fenómeno psicopolítico. En éste, la subjetividad de las nuevas generaciones es capturada a tal punto que sus frustraciones y necesidades insatisfechas se transforman en resentimientos y odios dirigidos contra quienes luchan por los intereses de todos. La apropiación que hace la extrema derecha de palabras como libertad, justicia, seguridad y soberanía sirve tan sólo para perseguir y criminalizar a quienes luchan por los derechos humanos y la justicia social. Palabras así también se prestan a justificar que los misiles impacten hospitales o escuelas de niñas.

La superación de esta condición abyecta exige construir compromisos de solidaridad, en abordajes territoriales que permitan evidenciar los nexos entre los problemas locales y las acciones del imperio en regiones distantes, de un modo que puedan articularse las demandas, gritadas en la ocupación de las calles, por millones, en todos los países.

Necesitamos, además de lidiar con nuestras dificultades particulares, demostrarle al pueblo estadounidense que comprendemos lo que pasa allá y que el planeta está con ellos en la lucha contra los líderes destructivos y los gobiernos poco fiables e intransigentes que están amenazando al mundo.

Si comprendemos que el neofascismo desencadenó una estrategia desesperada para continuar en el tiempo privilegios indebidos que acumula una minoría a costa de la exclusión de tantos y del sacrificio de todos, sabremos que ya no es posible mantener esos privilegios.

Esto explica la furia con la que los autoproclamados dueños del planeta están haciendo todo lo que pueden con sus dominios imperiales, acaparando todo lo que existe en los territorios aledaños. Así es la desfachatez de las mentiras y el uso de la fuerza bruta, para robar riquezas que el gobierno estadounidense quiere que sean suyas, aunque éstas estén naturalmente distribuidas en diferentes regiones del planeta.

Por eso el problema global sólo será contenido por la reacción conjunta, internacionalizada, de todos los pueblos actualmente atacados y sometidos a una condición de sacrificio inmediato o, mediante amenazas, a un miedo por el futuro.

Si observamos lo que ocurre al interior de los EUA comprendemos que, incluso ahí, las personas clasificadas como enemigos internos (descartables para los intereses del fascismo) reciben un tratamiento semejante al que de entrada se les concede a aquellos que el imperio ha decidido catalogar como sus enemigos externos. Una vez iniciado en alguna localidad, este proceso se amplía a los vecinos, desconsiderando leyes y acuerdos, a la ONU, la OMC, la OIT, y el proceso cuenta con el apoyo de quienes estén dispuestos a permanecer callados mientras no les llegue su turno.

Ahí están las naciones que no se posicionan en relación con lo que acontece en Gaza, en Palestina, en Irán, en Venezuela, en Cuba.

No se equivocan los sudamericanos que comprenden la importancia de las amenazas del Escudo de las Américas para el Cono Sur, ante la sumisión de unos líderes regionales ansiosos por ocupar espacios de servilismo obsceno y rebajado al nivel de Milei, quien pidió disculpas a Trump por sus adulaciones en español y no en inglés.

Ahí están los hijos de Bolsonaro encarnando la codicia ignorante de aquellos que pretendieron implantar entre nosotros, con apoyo de una nueva Operación Cóndor, aquella degradación civilizatoria que el papá Bolsonaro intentó iniciar.

El negacionismo se acomoda diciendo que es un problema de educación —mientras niega que el fascismo avanza apoyado en mecanismos de discriminación y cooptación, que dependen de la ignorancia de los pueblos respecto de las razones que estimulan esta nueva ola de colonización.

En otras palabras, una educación “de mercado” que favorece al patriarcado, al racismo, al fascismo y al capitalismo y a todas las formas de discriminación, está en la raíz de la degradación humana y requiere ser superada. Al entrenar a las personas a competir entre sí, para que se desconecten de la naturaleza común, la educación alienante oscurece el hecho de que todos los reclamos identitarios, los de los marginalizados por cuestiones de género, color, identidad, opción religiosa, edad, peso o lo que sea, configuran un mosaico único de falta de respeto a los seres, que sólo una expansión de la conciencia podrá corregir.

Y eso no ocurrirá sin luchas, sin sacrificios. Al final se trata de forzar correcciones históricas. Se trata de que construyamos mecanismos para que los grupos que han sido excluidos o relegados ocupen puestos de liderazgo (de gestión de instancias de poder republicano). Esto significa la alteración radical de la correlación de fuerzas que hoy escoge a los gestores que operan (y que se resistirán al cambio en defensa de las ventajas que usufructúan como servidores del capital).

No será fácil porque esto exige recursos diversos, como expandir las cuotas de acceso a los espacios de formación básica, técnica y universitaria, en un gobierno que no consigue siquiera reducir la tasa de interés, lo que supone una transferencia de recursos de la sociedad a la minoría rentista. Todos sabemos que tales transformaciones llevarían a cancelar el desvío de esos recursos del presupuesto que, por ahora, favorecen la corrupción y el clientelismo político mediante enmiendas parlamentarias impositivas.

Estamos entonces ante la necesidad de una revolución de la conciencia. Una reforma del sistema educativo que instigue la revocación de leyes que escamotearon los derechos universales de las personas que los detentores del poder consideran menos merecedoras del acceso a la condición humana.

Eso también nos encaminaría a ponerle fin a las privatizaciones, a recuperar los patrimonios para que no sean entregados al capital especulativo. Sería reconstruir la gestión de formas respetuosas en relación con los derechos, la cuestión ambiental y los bienes comunes, estimulando medidas punitivas en relación con la gente o los grupos que cometen, promueven o apoyan crímenes contra las bases de la vida.

Éstas son algunas de las recomendaciones que colecté durante la Conferencia. Y apuntan hacia una revolución educativa que configure la conciencia de los pueblos. Es un proceso lento, difícil, y a la vez es el producto final y el instrumento resultante de luchas emancipatorias contra el fascismo en todas sus expresiones.

¿Es posible? Sin duda.

El ejemplo es la victoria de los pueblos de la Amazonia (durante la COP30). Tras 30 días de ocupación de las instalaciones de Cargill —que, además de ser la segunda empresa privada más grande del mundo, contaba con el apoyo del Gobierno brasileño—, se logró la derogación del decreto 12600, que autorizaba la concesión y privatización de las vías navegables en la Amazonía Legal. Esto fue resultado de acciones efectivas, con bases espirituales conectadas a luchas ancestrales de los pueblos empeñados en construir un nuevo modelo de alianzas y relaciones con la sociedad local e internacional.

Es evidente que un suceso así contó con el apoyo del presidente Lula, pero no es menos cierto que el gobierno fue derrotado en su posición inicial y fue empujado por las acciones de la sociedad organizada, cuya potencia resultó de la unificación de luchas en curso con una noción básica conjunta: “cuando se amenaza a un territorio, se nos amenaza a todos”.

Eso demuestra que con valentía y determinación podemos transformar la realidad y, juntos, irnos deshaciendo, poco a poco, de las partes que el capitalismo intenta que nos traguemos a la fuerza.

En esta guerra contra la privatización del río Tapajós, que sería transformado en corredor logístico al servicio del capital, en canal de distribución de materias primas y en vector para la expansión de la destrucción acelerada de la Amazonia por parte del agronegocio, Auricélia Arapiuns describió el esfuerzo de su pueblo en la conferencia antifascista, con una frase directa y sencilla: “Solamente la lucha unificada es capaz de cambiar los rumbos de nuestra propia historia”.

La dimensión internacional de esta perspectiva también la puede ilustrar lo que pasa en Cuba. Al final, pocos se movilizan contra eso, pero no hay nadie que ignore que el imperio estadounidense intenta asfixiar al pueblo cubano por la postura de dignidad y compromiso con la solidaridad internacional que ahí se practica. También debe existir cierta vergüenza ante ese “mal ejemplo” de dignidad, que florece en sus compromisos de acceso pleno a condiciones superiores de educación, salud y alimentación, de la mejor calidad posible, si se la compara con el resto del mundo, y pese a las presiones del imperio y en comparación a lo que ofrece a su propio pueblo.

O como dijera el consul Benigno Pérez Fernandes, ¿Habrá alguien que pueda creer que las presiones del bloqueo a Cuba acontecen porque Cuba es “una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos de América”?

Finalizo retomando una idea de Glauber Braga, quien, durante la sesión inaugural de la conferencia, recordó que los desafíos que plantea la lucha contra el fascismo no nos exigen posturas optimistas o pesimistas. Es sólo mostrarnos decididos, con la certeza de que llegará el momento en que venceremos.

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Fuente: Biodiversidad, sustento y culturas #128

Temas: Defensa de los derechos de los pueblos y comunidades, Geopolítica y militarismo

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